Si una hermosa mañana un hombre se despertasey, (…) descubriese que el mundo que lo rodea se ha transfigurado, como si lo viese todo con otros ojos, sería para él un día espléndido…
El rostro de amigos bien conocidos, del pobre mendigo de la esquina, de los obreros que transpiran junto a él todo el día, de su sobrinita gravemente enferma, del abuelo ya anciano; el rostro de sus hijos, de su esposa…
El hombre siente en el aire una voz cálida, paterna, apenas perceptible, pero que suena a amor: amor verdadero, sincero y personal por él, que tantas veces se ha sentido olvidado, mezquino, solo e inútil, como un átomo en la ilimitada sociedad que lo agobia en el anonimato. La voz le dice, con firmeza y ternura al mismo tiempo: “ahora haz esto, ahora aquello”. Y él, que era poco dócil y a veces rebelde, no sabe resistir a tan atrayentes imperativos y sigue cada indicación.
Ya ni siquiera se reconoce a sí mismo. En él, negligente, apático, siempre cansado, una nueva juventud ha penetrado en sus venas y ahora, rápido y ágil, realiza incluso la tarea más ardua.
(…) Para que los distintos modos de interpretar la humanidad, su historia y su destino no engañen, aunque sea de buena fe, a los que habitan en nuestro planeta, es necesario que los cristianos volvamos a proponer el mensaje evangélico del modo más auténtico, en los más variados y lejanos lugares de la tierra en donde nos encontramos. Y hemos de hacerlo con tal empeño y tal convicción que se pueda volver a decir de nosotros: “Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”. Además, hoy, cuando individuos y grupos enloquecen a veces en la búsqueda de una vida distinta de la que llevan; cuando el dinero y el bienestar se han mostrado incapaces de satisfacer el espíritu humano y se recurre a diversiones frenéticas, a locuras eróticas y a drogas para experimentar una nueva y alucinante visión de la vida, es indispensable volver a proponer la verdadera visión cristiana de esta.
(…) La plenitud de la felicidad es fruto del cristianismo cuando lo vivimos como Cristo ha enseñado: una felicidad incluso en el dolor, una felicidad que nace precisamente del dolor, del sacrificarse uno mismo, los propios puntos de vista, la propia voluntad personal, el propio yo, para dejar lugar a Dios, a sus planes, a sus claros y sabios designios sobre el mundo y sobre cada uno de nosotros.
Chiara Lubich
La Doctrina Espiritual / Chiara Lubich; recopilado por Michel Vandeleene-1ª ed., 2ª reimp.-Buenos Aires: Ciudad Nueva, 2017, págs. 100, 103.

