La felicidad de amar

De padres musicólogos, creyentes católicos, Héctor hereda principios que forjan una personalidad que funde en uno el artista y el hombre de fe. Desde muy joven, comenzó a formar grupos musicales con los amigos que arrastraba con su entusiasmo. “Comencé con un trío, luego un grupo electrónico y así continué con una banda de música pop e íbamos a animar fiestas. En una de las bandas había un jovencito de quien su papá decía que me lo confiaba, porque yo no tenía vicios y por eso lo dejaba ir”.

A poco de cumplir 80 años, Héctor Granizo recuerda agradecido las muchas veces en que Dios se ha manifestado en su vida. La crisis de la adolescencia lo conduce a una opción de autenticidad: “Me puse delante de Dios y me convencí que un católico no puede vivir malamente. Al poco tiempo mi hermano me invitó a un encuentro de Cursillos de cristiandad que me ayudó mucho para encontrarme con Dios. Luego me casé y fue providencial conseguir trabajo en una escuela parroquial”.

Su encuentro con el Movimiento de los Focolares

A Guatemala llegaban sacerdotes italianos para apoyar al clero local. Uno de ellos acababa de levantar el templo y respectivo colegio, en la Zona 6 de la ciudad. Padre Vidal Traina, sacerdote focolarino, quien invitó al grupo Cursillistas a participar en la preparación de la primera Mariapolis que se hizo en Guatemala. Era el año 1981.

El Movimiento se estaba difundiendo también en los otros países de Centroamérica. Un buen grupo de guatemaltecos viajó el año siguiente a El Salvador, para participar de la Mariapolis local. “Había guerra en ese tiempo y de camino nos detenía el ejército en un retén y un kilómetro más adelante nos detenía la guerrilla, era una locura aquello, sin embargo, no cabe duda de que Dios te da fortaleza y alegría. Nosotros íbamos tan contentos de participar y gracias a Dios llegamos bien e inmediatamente a trabajar, a colaborar con los organizadores sin reparar en las dificultades. No había ni luz ni agua, precisamente por la guerra”

En una ocasión por medio de Caritas Diocesana, Héctor conoce a una familia pobre de un departamento del interior que necesitaba hacerle un tratamiento especializado a una hijita. La familia no podía sostener los gastos y menos viajar tantas veces a la capital como requería la cura. “Impactados por esa situación, con mi esposa, les ofrecimos tener la niña con nosotros y asegurar que pudiera recibir el tratamiento. Yo me había comprometido con Dios y me hacía feliz donarme, pues mi conciencia ahora me lo exigía. Fue un regalo de Dios, como todas las cosas que da la vida: alegrías y dolores. Todo se pudo superar a lo largo de los años para que la niña no solo se curara, sino que pudiera completar los estudios, casarse y formar una muy bella familia”.

Otra manera de servir, Héctor la encuentra en apoyar un centro de rehabilitación de personas que padecen dependencias. La Fazenda de la Esperanza1, está en Salamá, a unos 200 km de la Capital. “Me impactó conocer personas que sufren mucho, de las cuales nuestro Dios dice que debemos amar con predilección. Muchos de ellos jóvenes, son los pequeños, de los cuales me siento responsable como cristiano, de ayudar, con los dones que Dios me ha dado.”

En ocasiones a través de la música u obritas teatrales; en otras ocasiones con ayudas concretas, Héctor y sus amigos se movilizan hacia Salamá. “Recientemente junto a otros voluntarios2 estamos visitando el sector de mujeres quienes, en ocasiones, han pasado estrecheces. Esto me movió a actuar. Yo tenía un carrito para la familia, pero ahora necesitaba una camioneta para transportar cosas para ellas. Le pedí en oración a Jesús que me enviara una camioneta y al mes se presentó la oportunidad y la obtuve a cambio de mi carro. Sin embargo, con el tiempo vi que no me servía del todo. Y de nuevo la Providencia me envió un amigo que me ofreció un pickup usado, a buen precio.” Una vez les llevó un horno industrial a gas, otra vez una buena cantidad de palomas y patos que criaba en su casa.

En esas ocasiones encuentran también el espacio para la oración en comunidad, que transforma los viajes en peregrinaciones.


Una casa para todos

La casa de Héctor y Esperancita, su esposa, es de puertas abiertas. Se suelen hacer reuniones de grupos y llegan jóvenes que han conocido en las visitas a una aldea pobre de la periferia. “Cuando los conocimos, invitados por una amiga, yo aportaba mi conocimiento musical y eso ayudó a vincularnos y luego compartir momentos de encuentros en nuestra casa. A algunos los hemos ayudado a asumir una actitud positiva para enfrentar las duras problemáticas de sus familias. Una de las jóvenes, alejada de la práctica religiosa, de familia pentecostal, que estaba siendo hostigada por su acercamiento a católicos, encontró en nosotros la fuerza y la lucidez para perseverar en su libre decisión sobre la fe. Después de un tiempo de preparación en nuestra parroquia completó el Catecumenado de adultos y recibió los sacramentos de nuestra Iglesia. Esperancita y yo fuimos sus padrinos”. Otros llegan a la casa para ensayar música o simplemente para compartir un rato. Cuando hay un cumpleaños lo festejan juntos.


“Algunos de estos jóvenes ahora se les ve bien encaminados en sus estudios y trabajos. Una de ellas se empleó en un banco y sigue estudiando, otra se graduó de contadora y está estudiando para peluquera y un muchacho se graduó de bachiller y está trabajando en una dependencia estatal. Tratamos de hacerles casa, y ellos están agradecidos. Es una relación de reciprocidad”.

En una ocasión, en su trabajo le asignaron como compañero de tareas a un señor con creencias muy distintas a las suyas. Por ese motivo se mostraba agresivo hacia él. “Entendí que debía respetarlo y evitar confrontar y poco a poco fue cambiando su postura. Llegó a comprender mis principios y se notaba en el saludo caluroso, como de amigo. Fue una valiosa experiencia porque se revirtió en un modo tan amigable lo que al inicio se presentaba una situación complicada”.

Uno de sus compañeros del núcleo de voluntarios es panadero y en una etapa de su vida estaba pasando de un lugar a otro con sus implementos a cuesta sin encontrar donde establecerse. Cuando Héctor lo supo le habló: “y donde vas agarrar ahora? Ven a la casa, pues no puedes estar afuera”. Durante la pandemia del Covid19, otro compañero se quedó sin trabajo y ya no podía pagar el alquiler del apartamento. También a este, de acuerdo con Esperancita, le ofreció hospitalidad hasta que pudiera recomponer su situación. “Es una experiencia muy, pero muy bonita, pues formamos comunidad donde hay reciprocidad, porque ellos están muy atentos a cualquier problema de la casa y si falta algo proveen, de modo que la convivencia es de hermanos de verdad.”

Por Felipe Casabianca- Guatemala




1 La fazenda de la Esperanza es una Asociación internacional
religiosa que, inspirada en el estilo comunitario del Movimiento de
los Focolares, tiene centros de acogida para personas adictas de
alguna dependencia.
2 Miembros comprometidos del Movimiento de los Focolares.

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