Una reflexión sobre comunidad, agua y lo que sí podemos hacer.
Piensen por un instante en ese lugar en la naturaleza que los hace sentir bien. Una montaña, un río, el patio de la casa de alguien, un parque que conocen
desde pequeños. Ese lugar existe porque alguien lo cuidó. Nadie nace protegido en un mundo tan inmenso. De eso quiero hablarles: Quiénes somos nosotros
en esa historia.

La primera vez que entendí que el ambiente no es solo naturaleza fue cuando vi que el problema también era social. Desde pequeños se nos culpa de los problemas ambientales; que la solución está en reciclar, en usar menos agua, en llevar bolsa de tela. En mi caso siempre hubo algo más simple: un amor por la naturaleza que me jalaba hacia el verde. Pero detrás de ese amor había una historia mucho más grande: no hay crisis ambiental sin crisis social.
De la ASADA al río
Todo empezó con un voluntariado en mi colegio: la ASADA de Poás de Aserrí, la organización que gestiona el agua potable de la comunidad. Ahí conocí a María José, la trabajadora social de la ASADA, cuya vocación me marcó. Cuando se fue al extranjero a seguir sus estudios, pensé que ahí se acababa todo. Pero días antes de irse llegó una invitación que no esperaba, una limpieza de río en Salitrillos, con el Observatorio Ciudadano del Agua.

Llegué a la terminal y no había prácticamente nadie. Cuando por fin llegaron todos, éramos seis personas. ¡Seis! Me dio tristeza ver tan poca gente. Pero ese día cambió todo para mí, porque entendí algo más importante: que esas seis personas no estaban ahí por obligación. Estaban ahí porque algo en el fondo del corazón las movía a hacer el bien sin esperar nada a cambio.
Entre ellas, Patricia de Prado, química argentina entregada al activismo socioambiental, e Ítalo Fera, sociólogo y líder del Observatorio. Hablar con ellos me abrió una perspectiva que no había tenido, no era solo un río contaminado. Era un pueblo sin agua potable, un cantón abandonado en su gestión hídrica. Una lástima, siendo Aserrí tierra de ríos, cascadas y nacientes hermosísimas. Era una injusticia social vestida de problema ambiental.
Ahí entendí que el ambientalismo de verdad no es solo cuidar, es entender cómo nos afecta esto a todos. Y que un cambio puede nacer en una persona y expandirse a una familia, a una comunidad, a un país entero.
¿Qué es lo socioambiental?
Lo socioambiental es darse cuenta de que esto nunca fue solo sobre árboles, sino sobre decisiones políticas, acceso al agua, pobreza, falta de oportunidades. Convivimos a diario con miles de otras formas de vida que también sienten y que pagamos a un precio que no siempre vemos. El Observatorio me ha formado durante tres años y hoy participamos también en el Parlamento Cívico Ambiental, donde movimientos sociales y diputados se sientan a incidir en las leyes que nos afectan a todos. Ahí entendí que del barrio se
puede llegar muy lejos. Así funciona el cambio real.
La culpa que nos pusieron
Aquí está el verdadero problema: nos hicieron creer que todo recae sobre nosotros. Una persona ambientalista puede perder el sueño por una bolsa de plástico, mientras el dueño de una empresa con emisiones masivas duerme tranquilo y las decisiones que más nos afectan se toman sin regulación, por puro interés del ego.
La culpa individual nos paraliza. La acción colectiva nos mueve.

Esa misma lógica de poder enciende las guerras que hoy arrasan no solo vidas, sino ecosistemas enteros. La guerra y la crisis ambiental nacen de la misma raíz, la creencia de que unos pocos tienen derecho a los recursos de todos. Lo dijo el presidente Gustavo Petro ante las Naciones Unidas: el pueblo elegido de Dios es la humanidad entera. Y lo confirmó la astronauta Christina Koch al volver de la misión Artemis, al contar que desde el espacio no se ven fronteras ni religiones ni límites políticos. Solo se ve la Tierra. Y eso basta para recordar que tenemos más en común de lo que nos separa.
Lo que sí podemos hacer
Y, aun así, estoy segura de algo: somos más los que tenemos amor en el corazón que los que solo buscan poder. Lo he visto cada vez que nos organizamos para hacer algo que nos llena. Los grandes problemas del mundo no son falta de soluciones técnicas, sino falta de decisiones colectivas.

Nos individualizamos tanto que olvidamos que somos una sola red, no piezas sueltas.
No quiero dejarles culpa. Quiero dejarles algo más útil, que es el poder. Ese que hoy está concentrado en unos pocos puede repartirse si decidimos ser más. Sobre todo, los jóvenes, porque seremos quienes vivamos las consecuencias de lo que se decida hoy. No hace falta cambiar el mundo de un día para otro. Basta con empezar por lo más pequeño, esa acción, esa convicción que cada uno lleva dentro.

El ambiente no se defiende solo. Se defiende con personas, y esa persona puede ser cualquiera de nosotros. Cuando hay barrio organizado, somos más fuertes. Y ahí, en la unidad, está el verdadero cambio. Vuelvan a ese lugar que les pedí imaginar al principio. Ahí también hay una historia social: alguien limpió ese sendero, alguien protegió esa naciente, alguien donó su domingo por ese río para que ustedes pudieran sentir, hoy, que algo en el cuerpo se acomoda.
Carguemos en el corazón una parte de todos aquellos que nos enseñaron a amar la vida y a luchar por ella.

Por María Paula Granados Porras- Costa Rica
