Criar en la era del “todo ya”: la oportunidad de volver a lo simple

Mientras madres y padres nos perdemos en las exigencias de la vida cotidiana, estas son las pequeñas cosas que nos llevan a recuperar la calma y la presencia.

La gran verdad de la crianza hoy es que los padres estamos agotados. Corremos de un lado a otro tratando de llegar a todo: al trabajo, a la casa, a las actividades, a las demandas infinitas de la vida cotidiana. Y en medio de esa carrera aparece algo incómodo: la frustración, el enojo, el cansancio emocional. Entonces surge la pregunta: ¿de dónde vienen todas estas emociones?

La respuesta puede ser que, tal vez, estamos dando de más. Demasiado tiempo, demasiada energía, demasiado dinero. Es posible que, en el intento de ofrecerles a nuestros hijos todo lo que creemos que necesitan para no quedar afuera de algo, estamos perdiendo de vista algo esencial: su mundo interior. Y también el nuestro.

Vivimos en una sociedad que nos empuja permanentemente hacia el consumo y la inmediatez. Comprar, resolver y responder a las apuradas. La vida laboral ocupa gran parte de nuestra energía. Hoy, en muchas familias, trabajan mamá y papá no solo por necesidad económica, sino también porque ambos encontraron en el trabajo un espacio de desarrollo y realización personal que no quieren resignar. Pero esa exigencia deja poco resto para sostener la vida cotidiana con calma.

Entonces aparecen las soluciones rápidas: la comida por delivery, los cumpleaños organizados por otra persona o por una empresa, las compras hechas a toda velocidad. Y eso no está mal, al contrario: está buenísimo encontrar soluciones que nos faciliten la vida diaria. El problema es que, sin darnos cuenta, en ese camino a veces se van perdiendo las cosas pequeñas que nos ayudan a construir hogar: las galletitas caseras, las tardes de juegos, los cuentos antes de dormir, las piñatas pintadas a mano. Los rituales son fundamentales, no solo para la vida de nuestros hijos, sino también para la nuestra, porque sostienen, dan cobijo, calor y seguridad.


La trampa de poner la mirada afuera


A todo eso se suma otro fenómeno silencioso, que tiene que ver con cambios sociales que no siempre nos detenemos a mirar, como la comparación constante
con la vida de los demás a través de las redes sociales. Esas vidrieras nos muestran familias “perfectas” que juegan juegos de mesa, leen libros juntos, comen platos saludables y tienen la casa impecable. Estándares muy difíciles de sostener para el poco tiempo que tenemos. Entonces nos frustramos y nos enojamos porque nuestra vida no parece ser como “debería ser”: no viajamos lo suficiente, no tenemos amigos suficientes y, en definitiva, no somos lo suficientemente buenos.

Esa mirada hacia afuera también se cuela en los hijos, que nos observan, nos copian y además, en muchos casos, también usan las redes sociales y son testigos de este complejo fenómeno.

La tecnología avanzó como un tsunami por encima de nosotros. Fuimos entrando mar adentro y, sin darnos cuenta, el agua nos llega al cuello y no sabemos cómo volver a la orilla.

Prácticamente cada persona en este planeta tiene en su mano un dispositivo digital propio, que no comparte. Las tablets hacen de primera pantalla para niños muy pequeños, que ocupan su valioso tiempo de crecimiento jugando jueguitos o mirando videos. Después llegan los celulares, las plataformas de juegos e infinitos productos tecnológicos que nos producen adicción.

Y otra vez la pregunta: ¿qué podemos hacer para salir de ahí?

Aprender a brindar sin perdernos

Sin duda, uno de los grandes desafíos de la crianza de hoy es comprender que a veces estamos dando demasiado. (…) La crianza actual respeta mucho a los chicos, pero poco a los papás. Entonces nos ponemos en el último lugar, nos postergamos constantemente para que ellos tengan todo lo que quieren y hagan todo lo que anhelan. Pero, además de no enseñarles a frustrarse y a esperar, esa actitud hace que nos dejemos de lado quién sabe por cuántos años.

En algún punto, dejarnos de lado es muy generoso de nuestra parte y puede estar bien en algunos casos, siempre y cuando no nos lleve a enojarnos. Porque al descuidar nuestras prioridades y ponerlos a ellos siempre en primer lugar, nos olvidamos de cuidar nuestra energía, esa pila que es necesaria para que la familia entera funcione. Si los papás no damos más, si estamos agotados, demandados y tironeados, ¿qué calidad de vínculo podemos construir?

En esta vida acelerada que llevamos, pocas veces nos detenemos a pensar con criterio propio qué es lo mejor, no solo para nuestros hijos, sino también para
nosotros. No miramos hacia adentro para ver cómo nos sentimos, ni conectamos con todo lo que ya tenemos para disfrutarlo. Entre una cosa y otra los días pasan volando y pocas veces logramos apretar el freno para, simplemente, vivir.

Es por eso que intento traer un poco de luz a estos temas que tanto nos preocupan, con una invitación: volver a lo simple. Usar reloj de pulsera y despertador para mirar la hora y no dormir con el celular al lado. Volver a los juguetes que no usan pilas. Desempolvar las viejas máquinas de fotos para que los chicos puedan captar la vida sin necesidad de usar el teléfono. Establecer horarios libres de pantallas en
casa para fomentar la lectura, el juego, el arte o el ocio.

La sociedad necesita más espacios de encuentro, de tejido, de clubes de lectura, de conexión humana. Porque si nosotros no conectamos, ¿cómo vamos a ayudar a que nuestros hijos establezcan lazos con la vida y con los otros?

Hace poco leí un libro de Mel Robbins donde la autora explica que el cerebro siempre va a ir hacia lo fácil y que, en cambio, lo mejor para nosotros requiere
esfuerzo y voluntad. Me pareció interesante el planteo. ¿Cómo puede ser que no sea natural salir a caminar, hacer algo lindo por alguien o comer más saludable? En la era del “todo ya” esto se vuelve más difícil aún, pero no por eso menos necesario.

Para estar más regulados, más tranquilos, necesitamos bajar al menos un rato de ese tren al que nos subimos. Volver al instinto y pensar qué es lo mejor tanto para nuestros hijos como para nosotros. Porque si nos animamos a soltar algunas de las exigencias que nos impusimos, si apagamos el ruido constante de los dispositivos y nos enfocamos en el momento actual, las respuestas van a venir solas.

Como dijo John Lennon, pueden decir que soy una soñadora. Y quizás lo soy. Pero también sé, por experiencia, que cada pequeño acto de conciencia nos puede llevar a una vida más plena y feliz, donde encontremos la verdadera riqueza en lo más simple.


Por Sofía Chas
Fuente https://www.sophiaonline.com.ar/