Dios me envió a Kassandra

El martes, muy temprano, salí de casa rumbo al trabajo, como cualquier otro día. Estaba entrando a una autopista, cuando un señor hizo una maniobra imprudente y se atravesó frente a mi carro a apenas unos metros de distancia. Yo iba a 50 km por hora, pero el impacto fue muy fuerte. Se activaron las bolsas de aire y me lastimé los brazos y las manos.

Cuando logré abrir los ojos, vi que las bolsas se estaban desinflando y que salía humo del motor. Pensé: “Tengo que salir de aquí”. Con la mano menos lastimada logré abrir la puerta. Salí del carro y me apoyé en él porque me sentía desvanecer por el dolor.

Noté que estaba saliendo un líquido por debajo del vehículo. Pensé que podía ser gasolina y que debía alejarme. Como pude, me fui arrastrando, mientras le pedía ayuda al otro conductor. Él no tuvo lesiones, pero estaba paralizado por el shock y no reaccionaba.

Terminé acostada sobre el asfalto, detrás del carro, bajo un sol muy fuerte. El dolor era intenso y por momentos dejaba de ver; escuchaba las voces, pero todo se volvía oscuro.

Varios carros pasaron sin detenerse, hasta que una pareja se paró, ella se llamaba Kassandra. Se acercó y comenzó a atenderme: me dio agua, me refrescó y rezó
conmigo. Permaneció a mi lado cuando más vulnerable me encontraba.

Mientras tanto, lograron localizar a mis hijos; Beto, mi esposo, estaba en El Salvador, por trabajo.Gabriela llamó la ambulancia y le pidió a José que fuera directo al hospital para recibirme y hacer todos los trámites administrativos.

Cuando recuperé un poco la visión, miré a Kassandra y me di cuenta de que no tenía cabello. Comprendí que estaba atravesando un tratamiento de cáncer. Le pregunté cómo estaba y me contó que había recibido quimioterapia el día
anterior. También me contó que tiene un hijo con síndrome de Down.

Entonces le conté de mi hijo José, de lo que ha vivido con su cáncer y de cómo Dios nos había sostenido. Le dije que siguiera luchando, que no perdiera la esperanza y que su hijo era una gran razón para seguir adelante. Fue un
momento muy especial porque, en medio de mi dolor, Dios me permitió también darle una palabra de ánimo a ella. Al pasar el tiempo, mis manos comenzaron a hincharse muchísimo. Kassandra me preguntó si podía quitarme el anillo antes de que fuera imposible hacerlo. Lo hizo con mucho cuidado y luego se lo entregó a Gabriela. Un amor delicado que no deja pasar un detalle. Estuvimos en en suelo como 1 hora.

Cuando llegó la ambulancia, Gabriela tuvo que quedarse atendiendo todos los trámites del accidente, el seguro, la policía y la grúa, por lo que no podía acompañarme en la ambulancia. Sin pensarlo dos veces, Kassandra dijo: “Yo
voy con ella”. Y así fue. Subió a la ambulancia conmigo, llevando mis documentos. Ya en el hospital permaneció varias horas más junto a nosotros.

Los médicos determinaron que uno de mis brazos tenía un golpe muy fuerte, pero sin fractura. El otro, en cambio, tenía una fractura severa. Esa misma noche me realizaron una cirugía y me colocaron una placa con diez tornillos. ¡Ahora puedo decir que soy una mujer un poco biónica!

Mientras todo me duele y reflexiono sobre lo ocurrido, pienso que podría haber sido mucho más grave y, sobre todo, nunca estuve sola. Dios me envió a Kassandra.

No sé por qué nuestros caminos se cruzaron exactamente ese día, pero estoy convencida de que Dios tenía un propósito. Ella me ayudó físicamente cuando más lo necesitaba, pero también nos hicimos bien mutuamente. En medio del dolor, compartimos esperanza, fe y fortaleza.

A veces creemos que Dios vendrá a rescatarnos con un milagro extraordinario. El martes, para mí, llegó con el rostro de una mujer llamada Kassandra.

Por Adri- Panamá

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