Frente a la cultura de la agresión y el rencor que vivimos a diario, es tiempo de reconstruir aquellos
acuerdos colectivos que nos permitan recuperar el respeto y la paz.
Librado a su naturaleza, el hombre se convierte en lobo del hombre. Esto sostenía en el siglo XVII el pensador inglés Thomas Hobbes (1588-1679), a quien se considera como el padre de la filosofía política. En 1648, a raíz de sus reflexiones sobre la Guerra Civil inglesa, que enfrentó durante nueve años a los partidarios del Parlamento con los seguidores del rey Carlos I (finalmente derrotado y
colgado), Hobbes publicó Leviatán, obra capital de la teoría política. En ella sostiene que es imposible laconvivencia en sociedad, y por lo tanto la supervivencia, sin la presencia de un árbitro fuerte que
imponga reglas y límites a las acciones y relaciones humanas para evitar que las pasiones y los deseos
de unos (los más fuertes) sometan a otros. Ese árbitro debe ser, para Hobbes, el Estado, al que el
filósofo equipara precisamente al Leviatán, la poderosa criatura mitológica con forma de gigantesca
serpiente marina que aparece en el Antiguo Testamento.
Sólo una autoridad fuerte, centralizada y aceptada por todos puede garantizar la paz, la convivencia,
establecer límites, leyes y normas e impedir el imperio de pasiones e instintos primitivos que atentan
contra el funcionamiento de las comunidades y las naciones, sostiene Hobbes. Establece así una
propuesta de contrato social opuesta a la del pensador francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), para quien el hombre nace libre y bueno y es la sociedad quien lo pervierte.
Tiempo de depredadores
Las ideas de Hobbes (y su Leviatán) se han mantenido encendidas a lo largo de los siglos y son ineludibles cuando se hace un análisis político de las sociedades. Cobran nuevos impulsos en momentos como el actual, cuando aparecen gobernantes que reniegan del Estado, de sus funciones y de la misión de este y proponen dejar a los ciudadanos librados a su suerte o a la ley del más fuerte, a partir de una visión disfuncional de la meritocracia, que olvida las profundas desigualdades existentes en un mundo donde el 10% de la población detenta el 90% de las riquezas producidas por todo el cuerpo social. Eso en cuanto a lo nacional. Y en el plano internacional la cuestión se amplifica cuando los poderosos especialmente uno de ellos, decide tirar por la borda las leyes, los códigos, las normas, los acuerdos y las soberanías para apoderarse a gusto y paladar de lo que ambiciona (tierras ricas en minerales raros, petróleo, territorios). Se invierte entonces la imagen ofrecida por Hobbes y el Leviatán ya no es el Estado, sino que el monstruo depredador resulta quien ambiciona vivir al margen de todos los acuerdos y romper el contrato social gracias al cual las sociedades se vienen organizando y conviviendo, más allá de desacuerdos y conflictos.
Es que, hasta hoy, aun en los peores casos, esos conflictos —tanto intra como internacionales—
encontraron en algún momento su límite, el punto que no se puede ni se debe trasponer. Más allá de
ese punto aguardan tragedias colectivas que dejan heridas irreparables en el tiempo. Los crímenes del nazismo, del fascismo, del comunismo son exponentes máximos, pero no únicos, de ese desvarío
demencial.
Traumas de uno, mal de todos
Aquí es importante rescatar la idea de Hobbes de que, librado cada individuo a su estado natural, hay
algunos que actúan como lobos depredadores y es necesario un acuerdo social que vaya más allá de la voluntad individual y establezca reglas de juego firmes, tanto en lo nacional como en lo internacional. De lo contrario, los complejos psicológicos de una persona pueden arrastrar a sociedades enteras al desastre.
Paul Katsafanas, profesor de filosofía en la Universidad de Boston y autor, entre otras obras, de El yo
nietzscheano y Filosofía de la devoción, lo explica así: “Emociones como la ira, el odio, la tristeza, el
amor y el miedo nos resultan familiares. Pero los mecanismos emocionales son más sutiles y a
menudo pasan desapercibidos. No son emociones individuales; son procesos psicológicos que transforman un estado emocional en otro”. Katsafanas continúa: “En términos simples, el resentimiento es un mecanismo emocional que transforma los sentimientos de inutilidad o humillación en sentimientos vengativos de superioridad, rencor”.
Cuando se observa con detenimiento la biografía de políticos hoy en el poder, se puede ver cómo
traumas personales desbordan su psiquis y la violencia, física o simbólica, se convierte en un
drama para un país o para el mundo. La historia abunda en lamentables y dolorosos ejemplos, cuya
sombra planea hoy sobre el mundo. Una razón por la cual es urgente recomponer a todos los niveles los pactos sociales y trabajar para que se respeten.
Recuperar los acuerdos y su sentido Quienes desde el poder lideran lo que Katsafanas denomina “la política de la agresión” necesitan siempre un enemigo, no para vencerlo, sino para tener a quien culpar de lo que ocultan en su propia sombra, y en consecuencia contra quien luchar. Por ese motivo nunca están en paz. Necesitan un enemigo detrás de otro y construyen para sí mismos, y para sus fanáticos seguidores, un relato que justifique su odio.
En situaciones así las sociedades no debieran minimizar la conducta de quienes basan su política
en el rencor y el odio. Es importante recordar que fueron los acuerdos colectivos los que, por
encima de las diferencias, permitieron la supervivencia en primer lugar, y la convivencia posteriormente, de nuestra especie.
La presencia y la fuerza de los Estados debe construir o recuperar esos pactos y su sentido. Como
reflexiona Paul Katsafanas: “Necesitamos una orientación que no se base en el agravio, sino en la
afirmación. Una que se fortalezca no en la hostilidad, sino en el compromiso con algo que vale la
pena amar, reverenciar o apreciar”.

Por Sergio Sinay
Fuente https://www.sophiaonline.com.ar/

