En una reunión de la empresa donde trabajo, se me presentó la oportunidad de ser “constructora de paz”, como Jesús nos indica en las bienaventuranzas. Había un aire tenso, el tono de voz era alto y acusatorio. ¿Cómo puedo contribuir a tranquilizar los ánimos? Hablar parecía imposible y quizás contraproducente. Pensé que el Espíritu Santo nos da la fuerza para ser constructores de paz, a través del respeto y el diálogo con quienes son diferentes de nosotros por cultura y fe.
Entonces me puse a escuchar con atención a quienes hablaban (¡o gritaban!), con el alma serena, permaneciendo en Dios, y tratando (no sin esfuerzo) de comprender sus razones. Tuve que recordarme varias veces del “bienaventurados los que trabajan por la paz”.
No fue fácil, pero mi escucha profunda tuvo su efecto. En el intervalo, el compañero que había levantado más la voz se me acercó y me pidió disculpas por su comportamiento. Lo abracé sin decir nada. Y él, continuando con su desahogo: “Mi esposa se enteró ayer de que tenía una enfermedad incurable. Estoy desesperado”.
Lo escuché en silencio, le aconsejé que se pusiera en contacto con un amigo médico especialista y me lo agradeció. Concluí con la promesa de que seguiría siempre a su lado. Cuando regresamos a la sala, el ambiente ya no era el mismo de antes.
El momento presente es importante para captar la inspiración que el Espíritu Santo nos da para actuar en el mejor de los modos.
J. J. – Estados Unidos

