Hay encuentros que parecen casuales, pero que con el tiempo revelan un designio mucho más grande. Así nació la historia que hoy une a familias de Italia y Bolivia: no como un proyecto de cooperación ni como una iniciativa
solidaria, sino como una experiencia de familia.
La familia no está formada únicamente por quienes comparten un vínculo de sangre. Familia es también aquella
que Dios reúne más allá de las fronteras, la que Chiara Lubich nos enseñó a construir haciendo presente a Jesús
en medio de nosotros.
Todo comenzó en un encuentro de familia. Bastaron unas conversaciones, algunos momentos compartidos y la
experiencia de una misma espiritualidad para que naciera una amistad auténtica. La visita de las familias bolivianas
a las familias de Vicenza para compartir el día a día, pero después llegó la despedida y con ella una realidad evidente: entre Italia y Bolivia había miles de kilómetros. Parecía que aquella amistad tendría que conformarse con llamadas, mensajes y recuerdos.
Sin embargo, el amor siempre encuentra caminos. Gracias al gesto concreto de los hijos de una de las familias italianas, surgió la posibilidad de que ellos viajaran a Bolivia. Aquello que parecía un sueño se convirtió en realidad y permitió que dos parejas llegaran para conocer de cerca la vida de las familias bolivianas y las obras sociales que,
desde hace años la Asociación de Familias Nuevas acompaña a niños, jóvenes y personas en situación de vulnerabilidad. No fue un viaje para «ayudar» a desconocidos. Fue el viaje para encontrarse con una familia que ya existía, aunque todavía no se conocieran plenamente.
Durante los días compartidos, las visitas a los centros Clara Luz y Rincón de Luz fueron mucho más que un
recorrido por proyectos sociales. Cada abrazo, cada conversación, cada comida compartida y cada historia
escuchada confirmaban que Jesús nos hace familia, más allá de la cultura o el idioma.
Al regresar a Italia comprendieron que el viaje no había terminado. La distancia física volvía a existir, pero ya no
era una barrera. Cuando una familia nace de Dios, los kilómetros dejan de tener la última palabra.
Las familias de Vicenza comenzaron a organizar encuentros para compartir la experiencia vivida. La campaña para el Proyecto Bolivia y la cena solidaria no nacieron simplemente para recaudar fondos. Son la expresión de un vínculo que desea seguir creciendo. Son una manera de invitar a otras familias a participar de una historia que demuestra que la fraternidad puede hacerse concreta cuando el amor recíproco guía cada paso.
Esta experiencia recuerda una verdad sencilla y profunda: la solidaridad es importante, pero es fruto de algo aún mayor. Cuando las personas se reconocen como familia, compartir el tiempo, los recursos, las alegrías y las dificultades deja de ser un acto de generosidad extraordinaria para convertirse en algo natural. Nadie siente que está ayudando «a otros»; simplemente cuida de los suyos.
Este es el mayor regalo que nos ha dejado este camino entre Bolivia e Italia: descubrir que el carisma de la unidad no conoce fronteras. Allí donde Jesús está en medio, nace una familia capaz de abrazar pueblos, culturas y continentes enteros. Una familia que continúa creciendo con cada encuentro, con cada gesto de amor concreto y con la certeza de que Dios sigue escribiendo esta historia mucho más allá de cualquier distancia.
Por Xavier Sterverlynck y Agueda de Sterverlynck- Bolivia

