Un país Job

Soy sacerdote venezolano. Como otros nueve millones de mis conciudadanos, me vi forzado a salir de nuestro país por las distintas situaciones que, muy bien orquestadas, arrojaron a un tercio de la población fuera de nuestras fronteras. No paro de recibir mensajes y llamadas de solidaridad de tantos que nos quieren y se solidarizan con la última tragedia que nos está tocando vivir.

Durante las últimas tres décadas, en Venezuela hemos conocido pérdidas que desbordan las estadísticas.

«Venezuela es un país Job», me decía anoche Ernesto Pérez Zúñiga, escritor español profundamente afecto a nuestro país.

Esta metáfora me da pie para escribir cómo contemplo ahora mismo lo que pasa en Venezuela.

En el Antiguo Testamento, a Job no le llegaron las desgracias por partes, sino en sucesión ininterrumpida. Perdió sus muchos bienes, sus servidores, incluso a sus hijos. Luego también la salud, y su propio cuerpo se convirtió en una entera llaga. No era sólo un hombre empobrecido, sino literalmente despojado hasta los huesos. Y así fue puesto ante la pregunta más acuciante: ¿Qué queda de la vida cuando ya no queda nada?

Job no blasfemó contra Dios. Se quejó, sí. Lloró. Discutió con sus amigos, protestó ante el cielo, interpeló a la justicia divina. Pero en el fondo de su dolor, permanecía algo más firme que sus heridas. Aunque no entendía lo que le sucedía, no renunció al Dios ante quien podía llorar. Y así, arrastrado en el polvo, Job pronunció una de las confesiones más altas de la Escritura: «Yo sé que mi Redentor vive».

Venezuela se parece hoy, dolorosamente, al Job bíblico. Los dos terremotos que han sacudido al país caen sobre una nación que llevaba años estremecida. Durante las últimas tres décadas, hemos conocido pérdidas que desbordan las estadísticas: capitales ingentes, seguridades, libertad, instituciones, convivencia, futuro para millones de jóvenes. Nuestras casas se han vaciado por el exilio; nuestras mesas, por la escasez; nuestros hospitales, por la falta de medicinas; nuestras familias, por la distancia.

Y ahora se rompe también la tierra bajo nuestros pies. Entonces, la pregunta: ¿Se puede perder todo cuando ya todo se había perdido?

Pero ahí aparece, precisamente, el misterio de Venezuela. Si algo no ha logrado destruir la larga noche del país
es la grandeza de nuestra fe cristiana. Una fe operativa por la caridad. Que se convierte en una olla común, en levantar escombros con manos heridas, en camillas improvisadas, en rezar rosarios sobre las ruinas de las casas, en ofrecer las últimas gotas agua, y en pronunciar palabras de aliento sin olvidar nunca la más importante: Dios.

En estas décadas Venezuela ha sido humillada, pero no destruida. Ha sido despojada de todo, menos de su alma. Ha sido dispersada, pero no ha dejado de reconocerse como familia. La fe de nuestra gente, tantas veces despreciada por los satisfechos, ha sido su más honda resistencia. Una fe sufrida que se arrodilla sin rendirse, que sabe llorar ante Dios sin dejar de llamarlo Padre, que bendice la mesa, aunque la comida sea poca, que acompaña a los enfermos, que reza por los muertos, que sigue diciendo «gracias Dios» como acto de confianza que nadie nos puede arrancar.

Job no salió purificado de su prueba porque el dolor fuera bueno. El dolor nunca es bueno en sí mismo.
Salió purificado porque, atravesando el dolor, descubrió que Dios es quien sostiene cuando todo lo demás
se desploma. También Venezuela está llamada a descubrir, en esta hora terrible, que la fe es nuestra gran y verdadera riqueza, sobre la cual todo se puede volver a levantar.

La fe, sin embargo, no dispensa de la justicia, sino que ésta es su primera forma de manifestarse. La ayuda debe llegar realmente a quienes la necesitan. Porque la solidaridad es una bendición, pero sin transparencia se convierte en nueva herida. Precisamente por eso la Iglesia católica ha promovido siempre la «caridad ordenada». Cada equipo internacional, cada donativo, cada equipo de rescate, cada fondo de emergencia debe tener destino verificable, responsables identificables, canales adecuados y seguimiento transparente. No basta con anunciar ayudas. Hay que
garantizar a dónde van, quién las recibe, quién las administra y cómo se rinden cuentas.

El sufrimiento no puede ser usado para que los mismos que han destruido el país se perpetúen en un poder hace tiempo ilegítimo. Es lógico entender que quienes disparan a la cabeza de los estudiantes no rescatarán a quienes han contribuido a hundir. Los verdugos y torturadores no van a rescatar heridos, los expropiadores no reconstruirán nada caído. Venezuela necesita auxilio, pero necesita también verdad.

Necesita solidaridad, pero también vigilancia. Necesita manos abiertas con ojos abiertos. Porque cuando
un país ha sido herido tantas veces, la caridad exige responsabilidad.

En el libro de Job, los amigos del justo pretenden explicar el dolor ajeno desde teorías fáciles. Venezuela no necesita discursos de indeseables. Necesita oración, ayuda concreta, justicia y transparencia. Que el mundo no se acostumbre a su desgracia. Que sus hijos sigan amándola exigiendo que se la respete.

Que la comunidad internacional asuma que una catástrofe natural sobre una catástrofe social sólo multiplica el caos.

Los venezolanos somos la fe de nuestros padres, la sonrisa en medio de la penuria, la devoción que lleva flores y espinas a la Virgen, la memoria de un país capaz de empezar y terminar cada día pidiendo la bendición.

Y así como Job no fue vencido porque, aun sentado sobre ceniza, seguía mirando hacia Dios, Venezuela tampoco debe dejarse vencer. Que la solidaridad sea exigente y la responsabilidad, limpia.

Sobre la tierra quebrada, mi país entero sigue siendo Job. Despojado, herido, probado hasta el límite. Pero todavía creyente. Todavía con los ojos al cielo y la mano abierta al hermano. Porque también sobre Venezuela, país Job, resuena la certeza que atraviesa la ceniza y no se deja sepultar por los escombros: «¡Yo sé que mi Redentor vive!».


Por Christian Díaz Yepes- Venezuela
Fuente https://www.religionenlibertad.com/

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