«La fe es el puente que cruza cualquier frontera, y el servicio es el lenguaje que nos vuelve a unir.»
En el mes de enero, Roma se convirtió en el epicentro de un movimiento que trasciende fronteras. Jóvenes de todo el mundo nos reunimos para concretar estrategias de paz, resolución de conflictos y derechos humanos desde una raíz teológica profunda. Pero lo que ocurrió el 31 de enero de 2026 fue el momento en que la teoría se transformó en espíritu: nos reunimos con el Papa León XIV en una audiencia personal que marcó un antes y un después en mi vida. Al estar en ese lugar sagrado, solo podía imaginar la fidelidad de Dios. Sentí que cada frase del Papa nos recordaba que todo lo que vivimos es por y para Él.
El rostro de mi madre en el corazón del Papa
Al estrechar la mano del Santo Padre, mi corazón estalló en una alegría contenida por las lágrimas. En ese instante de luz, no vi solo a un líder mundial; vi el rostro de mi madre. Ella, una mujer migrante que lleva años lejos, separada de mí por la dureza de una injusticia que nos roba el abrazo físico, se hizo presente en esa audiencia.
Entendí entonces que ser migrante es cargar una cruz silenciosa, y que nuestra oración debe ser el refugio de quienes, como ella, caminan tierras extrañas buscando justicia. La misericordia de Dios me llevó hasta Roma para decirme que, aunque no pueda ver a mi madre, su sacrificio es sagrado.
En el Papa vi la mirada de todos los que han tenido que partir, y sentí que mi voz allí era el puente para que sus dolores no fueran olvidados. Mi madre no estaba en Nicaragua ni en el extranjero; ese día, ella estaba conmigo recibiendo la bendición del sucesor de Pedro.
La fidelidad de Dios me permitió estar en el corazón de la Iglesia para decirle al mundo que, aunque las injusticias nos separen físicamente de quienes amamos, el amor de Dios nos mantiene unidos en un mismo espíritu.
Mi viaje espiritual encontró su norte definitivo al
visitar la casa de Chiara Lubich. Su legado es un manto de fe inquebrantable que nos instruye. Chiara nos enseñó un amor que no discrimina culturas, idiomas ni religiones; un amor que conecta directamente con Dios para servir a la humanidad.
Allí, rodeada de su historia, reafirmé la máxima jesuita que llevo grabada a fuego: «Quien no vive para servir, no sirve para vivir». Chiara fue un ejemplo de valentía y fuerza; su vida me demostró que no importan las circunstancias o los muros políticos, la fe genuina te da el poder de lograr lo imposible y de transformar la realidad desde la raíz.
Un compromiso inquebrantable por contribuir a construir
una Nueva Humanidad.
Hoy, mi compromiso es más firme que nunca. Regresé con la misión de trascender fronteras, no solo geográficas, sino mentales y espirituales. Mi labor como representante de jóvenes es ahora una extensión de esa luz recibida en Roma: trabajar por comunidades conscientes, unidas y profundamente compasivas.
Llevo conmigo la fuerza de Chiara, la bendición del Papa y el recuerdo sagrado de mi madre migrante como motor de mi servicio. Porque cuando la fe nos guía, cada paso que damos es un paso hacia la verdadera cultura de paz que nuestro continente tanto anhela.
Por Sol, Representante de Juventudes de Nicaragua y América Latina-Nicaragua

