En la encíclica del papa León XIV, sobre la magnífica humanidad, se subraya lo que la tecnología nos pide
que entendamos sobre nosotros mismos. A continuación, compartimos parte de una entrevista a Moisés
Sbardelotto1 publicada en el Observatorio Latinoamericano de Sinodalidad y en la que el investigador brasileño
reflexiona sobre la sinodalidad en la Iglesia y la inteligencia artificial, a la luz de Magnifica Humanitas.
P.: Ante la encíclica del Papa León XIV sobre inteligencia artificial y humanidad, ¿qué desafíos considera más urgentes para que la Iglesia viva una sinodalidad en la cultura digital?
R.: Uno de los desafíos más urgentes para la comunidad eclesial en general es comprender que la cultura
digital no es un instrumento externo a la Iglesia, sino un verdadero ambiente de existencia y de relación.
Como afirma el papa, “el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido
de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario
colectivo: nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma” (Magnifica humanitas, n. 4). La tecnología,
continúa, no es un mal en sí misma, pero tampoco es una solución a los problemas humanos ni es neutral,
porque es resultado de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Y “esto hace que sea más complejo
evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común”. Si, como
afirma León, “el bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al
servicio del Reino” (MH 86), la sinodalidad exige mucho más que presencia institucional en plataformas
digitales. Exige una capacidad eclesial de escucha, discernimiento y corresponsabilidad dentro de una
ecología comunicacional profundamente transformada por algoritmos y plataformas.
El riesgo es reducir la sinodalidad a mera conectividad técnica o participación funcional. Pero la escucha
sinodal implica apertura real a la alteridad, al conflicto, a la vulnerabilidad y al encuentro humano.
En una cultura marcada por la aceleración, la eficiencia y la fragmentación, la Iglesia está llamada a dar
testimonio de otra lógica: la de la gracia, del dono gratuito, del encuentro, de la comunión.
Además, es importante reconocer que la cultura digital está profundamente vinculada a la crisis socioambiental
de nuestra “casa común”. La inteligencia artificial no pide solo una tarea tecnológica, sino también “ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común” (MH 110). Por eso, la sinodalidad en la era digital debe integrar también esa conciencia, conectando la escucha del clamor de la tierra y también del clamor de los pobres.

P.: En un contexto de algoritmos e inteligencia artificial, ¿cómo puede la Iglesia fortalecer espacios auténticos de escucha, participación y discernimiento comunitario?
R.: En su nueva y primera encíclica, León rescata una afirmación de Benedicto XIV que es fundamental para
esa reflexión: el entorno digital “‘no es un mundo paralelo o puramente virtual’, porque lo que surge en internet
pasa a formar parte de la vida de las personas” (MH 135). Las experiencias digitales producen efectos concretos en la vida humana: generan vínculos, conflictos, comunidades, exclusiones, espiritualidades y búsquedas de sentido. Hoy, con la expansión de los algoritmos y de la IA, esto se vuelve aún más complejo, porque nuestras relaciones pasan a ser mediadas por sistemas que organizan visibilidades y silencios, así como formas de interacción. Por eso, la Iglesia necesita fortalecer una presencia plena y auténtica de escucha y discernimiento comunitario, de modo que las personas no sean reducidas a datos, perfiles o métricas de participación.
(…) La escucha sinodal, en el ambiente digital, exige cuidado y capacidad crítica frente a las arquitecturas
algorítmicas que tienden a reforzar solamente aquello que confirma nuestras propias visiones del mundo – o,
lo que es peor, las de sus arquitectos y actores privados, que en general buscan apenas maximizar sus
lucros mediante la atracción constante de nuestra atención y la extracción de nuestros datos. Pero, en
medio de todo eso, afirma el papa, hay “una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la
diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la
justicia y la fraternidad” (MH 10).
P.: ¿De qué manera la inteligencia artificial está transformando la comunicación eclesial y qué riesgos
existen de que la lógica tecnológica termine debilitando la dimensión humana y pastoral de la sinodalidad?
R.: La IA ya está transformando la comunicación eclesial porque altera no solo las herramientas de
comunicación, sino también las dinámicas de producción de sentido y construcción de relación. Hoy ya
convivimos con sistemas capaces de generar textos, imágenes, audios y experiencias comunicacionales que
antes eran consideradas exclusivamente humanas. Este fenómeno configura un verdadero “duplo giro
lingüístico”, donde las máquinas ya no solo transmiten información, sino que configuran lo común y median
nuestra relación con el entorno(…).
Lo que el papa señala con agudeza es que esos papeles – la omnisciencia, la memoria total, la sabiduría plena
– fueron históricamente reservados por la tradición bíblico-teológica a la mediación divina. Transferir esas
expectativas sagradas a un sistema que, por definición, no puede corresponderlas, es un empobrecimiento
espiritual de largo alcance pastoral.
Otro riesgo es que la lógica tecnológica – basada en automatización, optimización y eficiencia – termine
debilitando dimensiones esenciales de la experiencia eclesial, como la escucha y el acompañamiento
humano, que demandan “perder tiempo” con el otro. Entonces, la sinodalidad no puede ser automatizada.
Un algoritmo puede organizar información, pero no puede hacer un discernimiento espiritual. El gran
desafío es evitar que la Iglesia adopte una “confianza ingenuamente acrítica”, como la llama el papa, en
relación a la racionalidad tecnocrática dominante, reduciendo la comunicación pastoral a estrategias de
visibilidad y performance digital(…).
Al ceder a las máquinas nuestras funciones mentales e imaginación, nos convertimos en “meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría ni amor”, como dice León XIV. Sin autoría, no hay corresponsabilidad por ese contenido; sin amor, ningún afecto orienta la elección de las palabras, ningún cuidado moldea la argumentación.
Para una comunicación eclesial que se quiere encarnada y profética, este riesgo no es menor. La comunicación
eclesial necesita continuar siendo profundamente humana y humanizante, incluso en ambientes digitales y mediados por IA. Y en su primera encíclica, León es muy claro: “Las comunidades cristianas también deben comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos. Lamentablemente,
no siempre ha sido así” (MH 138). Por eso, el papa propone un examen de conciencia sobre las palabras que usamos: “Debemos decir ‘no’ a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra” (MH 214). Como antídoto teológico y pastoral frente a este riesgo, la Iglesia debe rescatar con urgencia una comunicación cordial, vinculada directamente a la profundidad del corazón, el afecto y el testimonio encarnado, incluso frente a “verdades incómodas sobre nosotros mismos”, como dice el papa.
P.: Pensando en el futuro de la evangelización, ¿cree que la sinodalidad puede ayudar a que la Iglesia no solo “use” la inteligencia artificial, sino que también proponga una mirada crítica y humanizadora frente al poder tecnológico global?
R.: Sí, porque la cuestión decisiva hoy no es apenas tecnológica, sino antropológica, cultural y espiritual.
¿Qué significa ser humano en una sociedad cada vez más automatizada? ¿Qué tipo de relaciones queremos
construir? ¿Qué lugar damos a la alteridad? La sinodalidad ofrece una respuesta importante porque desplaza
el centro desde el individuo aislado hacia la relacionalidad. En ese sentido, creo que la Iglesia puede
contribuir defendiendo y proponiendo lo que me gusta llamar un humanismo digital integral: una visión del
mundo y de la realidad que no es “humano-centrada” de forma aislada, sino que comprende al ser humano desde sus redes de relaciones – con otras personas, con las tecnologías y con la comunidad de seres y elementos
de la casa común – superando tanto el individualismo como el reduccionismo tecnocrático.
La sinodalidad recuerda, además, algo que a veces olvidamos: la innovación tecnológica nunca determina
tiránicamente las prácticas sociales. Pasa siempre por procesos complejos de reinvención social, a partir de lo
que las diversas culturas y comunidades deciden hacer con las tecnologías – y también más allá de ellas. Eso es
particularmente importante en América Latina, donde las culturas populares poseen formas propias de relación y memoria que no pueden ser reducidas a la lógica homogénea de las plataformas globales. Y eso mpieza por la formación y la educación. Como señala el propio León XIV, así como la revolución industrial exigió una alfabetización mínima para que las personas pudieran responder a las novedades tecnológicas de su tiempo, también la revolución digital exige una literacidad digital con formación humanística y cultural (…).
En suma, frente a una lógica tecnocrática que tiende a cuantificar toda la experiencia humana, la sinodalidad
recuerda que la vida humana es encuentro y escucha, comunión y participación. Y quizá este sea uno de los
testimonios más importantes que la Iglesia puede ofrecer hoy al mundo digital.
Fuente https://observatoriosinodalidad.org/
1 Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais, periodista, doctor en
Ciencias de la Comunicación y referente latinoamericano en el campo de la comunicación
digital y la pastoral en ambientes digitales. Coordinador del Grupo de Reflexión sobre
Comunicación de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil e integrante del Grupo
de Trabajo de Frontera Tecnológica del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño.

