La elección del primer papa norteamericano tendría efectos concretos en la geopolítica mundial, y no por acciones radicales o palabras disonantes, sino por la presencia discreta de un americano que es líder de más de 1.400 millones de católicos y que se empeña en una diplomacia de paz, y no de fuerza, en atención a los débiles y en acompañar a los alejados.
Las palabras y los gestos están allí. En su primer discurso dirigido al cuerpo diplomático, advirtió sobre “los graves peligros para la vida política que entrañan las falsas representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del ideal del líder político”.
Tres elementos que están presentes en la narrativa política de todos nuestros países, de un lado o del otro: una pretensión acomodaticia de la historia a conveniencia, un nacionalismo enfermo que niega la diversidad social y la distorsión mesiánica del líder político.
No deja de llamar la atención que, en el ámbito histórico, el papa Prevost celebre el 250 aniversario de la Declaración de la Independencia de Estados Unidos con un viaje a Lampedusa, en el mismo lugar en el que Francisco alertó sobre la cultura de la indiferencia, y no en su país natal.
En un mundo de fuerzas y armas, el americano Prevost apela a la diplomacia, al diálogo, al derecho internacional, pero, sobre todo, al derecho humanitario, en el que “la protección del principio de la inviolabilidad de la dignidad humana y la santidad de la vida siempre cuenta más que cualquier mero interés nacional”.
Y así como defiende el derecho internacional y el derecho humanitario, afirma que “estamos asistiendo a un auténtico ‘cortocircuito’ de los derechos humanos”. Por tanto, ni con uno ni contra uno, sino con las víctimas.
Frente a la soberbia prepotente del más fuerte, León XIV emerge como líder pacífico, sencillo y discreto, y no deja de ser una voz de clara racionalidad en medio del concierto ideológico que ve traidores y enemigos por todos lados, en vez de hermanos y amigos.
El Papa no es un contrapeso mediático, ni tampoco un disonante en el discurso narrativo de la opinión pública. El papa no pretende ser popular, sino pastor, y por eso insiste en evocar una paz justa y auténtica, desarmada y desarmante y que permita la reconciliación.
La negativa vaticana de participar en el Board of Peace, promovido por Estados Unidos, no puede leerse como un rechazo a la paz por parte de León, sino como un llamado a una paz con condiciones claras en el derecho internacional y el derecho humanitario. Y en ambos, el multilateralismo
ha fracasado; sin embargo, la diplomacia leonina insiste en rescatar y hacer efectiva la diplomacia multilateral.
León XIV no es un ilusionista utópico desentendido de la realidad. En el discurso citado no hubo conflicto geográfico que no mencionara:
Bangladesh, en la región del Sahel y en Nigeria, parroquia de San Elías, en Damasco. Tampoco olvidó a las víctimas de la violencia yihadista en Cabo Delgado, Mozambique. Ucrania, Tierra Santa, la Franja de Gaza, Cisjordania, Venezuela, Haití, región africana de los Grandes Lagos, Sudán del Sur, Asia Oriental, Myanmar, Bosnia y Herzegovina, Armenia y Azerbaiyán y Cáucaso meridional.
Y no solo desde una miopía del sur global, sino desde una visión periférica, integrada e interdependiente.
Prevost no será el papa de la fuerza, sino el de la mansedumbre, la calma, la discreción y la serenidad: la paz se construye con argumentos y no con la simple violencia del más fuerte.
Por Rixio G. Portillo
Profesor de la Universidad de Monterrey

