Cuba: Proximidad y comunión de bienes

No es casualidad que la primera acción pública de Jesús, en el Evangelio de Juan, sea la expulsión de
los mercaderes del templo (cf 2, 13-21). No se puede comprender el nuevo Reino traído por Jesús si no nos liberamos de los ídolos, de los cuales uno de los más poderosos es el dinero. ¿Cómo poder ser de los mercaderes que Jesús no expulsa?”

Papa Francisco, encuentro con empresarios de la economía de comunión, 4 de febrero de 2017.

Los Hechos de los Apóstoles describen una comunidad donde “tenían un solo corazón y una sola alma” y compartían todo en común. Chiara Lubich retomó esa visión como ideal vivo: la comunión de bienes es prueba tangible de fraternidad. Para quienes trabajan en la Economía de Comunión (EdC), esto significa que la empresa no es solo un generador de utilidades, sino un espacio donde se
practica la igualdad y la solidaridad. Compartir no es pérdida, sino testimonio: demuestra al entorno que la empresa reconoce al otro como hermano y hermana.

Ser prójimos implica compartir tiempo, ideas, talentos y recursos. La cultura del dar que promueve la EdC transforma la lógica empresarial: las utilidades se ponen en común para crear empleo, formación y oportunidades.

En Cuba, donde las necesidades sociales y laborales son evidentes, cada emprendimiento puede convertirse en semilla de cambio si adopta este estilo de gestión. La donación de beneficios no solo ayuda a resolver carencias materiales; también genera confianza, cohesión comunitaria y esperanza.

El Papa Francisco advierte sobre el peligro de convertir el dinero en ídolo. Cuando la búsqueda del beneficio se vuelve fin último, la economía corre el riesgo de transformarse en una estructura idolátrica que sacrifica personas en nombre del lucro. La EdC ofrece una respuesta ética y espiritual: compartir las ganancias es la forma más concreta de decirle al dinero que no es señor.

Para los empresarios cubanos, esto implica decisionesmconscientes: distribuir parte de los beneficios hacia acciones concretas de caridad, acompañamiento y formación a quienes comienzan y bienes (alimentos, ropas, otros artículos) que beneficien a ancianos, enfermos, mujeres embarazadas, jóvenes en riesgo social y familias vulneradas en su dignidad.

  1. Política de reparto de beneficios: Establecer desde el inicio del proyecto un porcentaje de utilidades destinado a acciones sociales o ambientales. Esto puede formalizarse en estatutos, acuerdos internos o proyectos comunitarios vinculados a la empresa.
  2. Alianzas locales: Colaborar con organizaciones comunitarias, iglesias, proyectos y centros de formación para multiplicar el impacto de los recursos compartidos.
  3. Inversión en las personas: Priorizar la formación y el empleo juvenil; ofrecer prácticas, mentorías y microcréditos colaborativos que permiten a otros emprender.
  4. Transparencia y rendición de cuentas: Comunicar claramente cómo se usan los beneficios compartidos para generar confianza y replicabilidad.
  5. Innovación social: Diseñar productos y servicios que respondan a necesidades locales, integrando criterios de justicia ecológica y social.

Estas prácticas no solo alivian necesidades inmediatas; crean un ecosistema donde la solidaridad es rentable en términos humanos y sostenibles en el tiempo.

Cuando una empresa decide compartir sus ganancias, el efecto multiplicador es notable: se generan empleos, se fortalecen redes de apoyo y se promueve una cultura de la reciprocidad. En Cuba, la EdC ha contribuido a erradicar la pobreza de varios modos: en jóvenes ofreciendo alternativas reales a la migración forzada por falta de oportunidades y fomentando la dignidad del trabajo.

Además, la comunión de bienes impulsa una economía creativa: recursos y talentos se combinan para soluciones innovadoras que responden a problemas concretos como el acceso a la educación, la vivienda y la alimentación.

Más allá de las acciones puntuales, existe una visión común: dignificar el trabajo y restituir su visión
de ser un medio para ser felices y contribuir a la felicidad de los demás.

A los emprendedores que ya tienen sus proyectos y negocios, a quienes están comenzando y a quienes desean contribuir al bien común la invitación es clara y urgente: hacer comunión desde cada proyecto no es un gesto simbólico, sino una estrategia eficaz para transformar realidades. Empezar por pequeñas decisiones: dar precios justos, destinar un porcentaje de las utilidades (también así se garantiza la rentabilidad empresarial), abrir espacios de formación, compartir conocimientos con otros emprendedores, dejarse contagiar por las buenas acciones de otros… Estas acciones, multiplicadas, pueden cambiar el rostro de nuestras comunidades.

Chiara Lubich nos recuerda que la comunión fue el sello de los primeros cristianos; el Papa Francisco nos exhorta a no dejar que el dinero se convierta en ídolo. Juntos, estos llamados nos ofrecen un marco ético y práctico para construir empresas que sean verdaderamente prójimas.

En Cuba, donde la solidaridad ha sido siempre un valor cultural, la Economía de Comunión puede ser una vía para convertir recursos en esperanza, y proyectos en puentes hacia un futuro más justo.

Para la comunidad EdC en Cuba, adoptar esta cultura del dar significa contribuir de manera concreta a la erradicación de la pobreza y a la construcción de una economía que sirva a las personas. Cada negocio, por pequeño que sea, tiene la capacidad de ser signo de fraternidad. Compartir no empobrece; enriquece la vida común y abre caminos de dignidad para todos.

Por Ernesto Antonio Figueredo Castellanos. Red EdC -Cuba