Fragmentos del discurso de Chiara Lubich a los participantes en el congreso del Movimiento Humanidad Nueva (Roma, 20 de marzo de 1983).
Hay también una verdad, una verdad del Evangelio, que el Espíritu Santo propuso desde el principio del Movimiento a nuestra particular atención y que estamos llamados a actuar con el máximo empeño. Es esa verdad evangélica: que allí donde se está unidos en el nombre de Cristo, Él está presente. Por tanto, no solo está presente en los sagrarios de nuestras iglesias, y en las personas llamadas a difundir su mensaje o a regir su Iglesia. No, no, también está entre todos nosotros, también en medio de nosotros, su pueblo.
Es la verdad fascinante de que Él es una realidad, que no solo pasó unos años en el mundo hace 20 siglos, sino que Él, Resucitado, se hace presente en medio de nosotros cada vez que nos amamos como Él quiere, compartiendo entre nosotros esperanzas, aspiraciones, necesidades, penas, luchas, conquistas, según su sorprendente promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».
¿Por qué queremos recalcar este punto del Evangelio? (…) Nosotros, que queremos colaborar en la renovación del mundo, ¿en quién nos fijaremos para edificar la ciudad terrenal en armonía y como continuación de lo creado? ¿Quién podrá iluminarnos mejor?
Nos fijaremos en Jesús, el Verbo encarnado. (…) En efecto, Cristo ha redimido, además del cosmos, también la actividad humana; más aún, ha redimido también las obras del hombre.
El universo no será destruido sino transfigurado. No habrá ruptura entre el más acá y el más allá, sino continuidad. Incluso los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra laboriosidad —todo lo que vamos construyendo día tras día— no solo no desaparecerán, sino que volveremos a encontrarlos de nuevo purificados, iluminados y transfigurados.
Es una verdad apasionante. Es una visión reconfortante y sublime de la vocación del hombre llamado a transformar la tierra con su trabajo. Pero hace falta una condición para que todo esto se produzca: las obras del hombre perdurarán si se edifican en el mundo según el mandamiento del amor. (…)
«Jesús en medio, que sublima toda sociedad pequeña o grande, que la hace ser al mismo tiempo célula de la ciudad terrenal y célula de la ciudad celestial, nos lo garantizará. Porque Él está plenamente presente donde el amor está vivo. Él es don de Dios y al mismo tiempo, fruto de esa caridad recíproca nuestra que debemos poner a la base de cada una de nuestras actividades. ¡Jesús en medio! En Él, pues, el proyecto de una humanidad nueva.»
1 Cf. Mt 18,20.
2 Mt 28,20.
3 Cf. Gaudium et Spes 39.
4 Cf. Gaudium et Spes 38.

