A un pasaje de rendirse

Hace un tiempo me pasó algo que me volvió a recordar por qué hace años elegimos ser hombres nuevos por un Mundo Unido.

Estaba en un hospital. Vi a un chico, joven, lagrimeando solo, atrás de su grupo. Estudiaba para instrumentalista. Último año. A 3 meses para recibirse.

Me acerqué. Me contó que el papá se había quedado sin trabajo. Que iba a la facultad en una bici vieja del hermano y que se rompió; que tenía que tomar 4
buses por día y ya no tenía para el pasaje. «Voy a dejar. No puedo más», me dijo.

Le quise dar para la carga de su tarjeta de bus y que pudiera volver a su casa. No quería aceptar, pero lo hizo con una condición: que le diera mi número de teléfono para devolverme el dinero. Y lo cumplió. A los tres días me llevó el dinero y me confirmó lo peor: dejaba los estudios hasta que estuviera en condiciones de retomarlos. Esa noche no pude dormir. Me daba vueltas su cara. Pensaba en cuántos chicos como él están a un pasaje, a un libro, a una palabra de rendirse.

Dos días después me llegó un trabajo extra, que no esperaba. Un dinero. Y me vino el pensamiento claro, de esos que no se discuten: y, ¿si Dios me lo mandó para él?

No lo dudé. Se lo transferí. Era justo lo que él necesitaba para terminar, para tres meses de pasajes. No tuve respuesta ese día.

A las 48 horas me llamó. No podía hablar. Lloraba. Lloraba de esa forma en que uno llora cuando le devuelven la esperanza.

Pasaron dos años. No supe más de él. Hasta que un día me llegó un mensaje de un número desconocido. Era una foto: su título de instrumentalista.

Y abajo decía: «Este título una parte es gracias a un desconocido que me dio una mano sin conocerme». Yo me quebré. Lloré de alegría. Lloré porque entendí algo:

El mundo unido no se hace con discursos. Se hace con un pasaje, con una bici arreglada, con una mano tendida sin preguntar apellido. Ese chico no sabe ni mi apellido.

Importa que, por 90 días, él pudo continuar sus estudios. Y que hoy hay un instrumentalista más en los hospitales, salvando vidas, porque alguien creyó en él cuando él ya no podía.

Amigos, a veces pensamos que para cambiar el mundo hay que hacer cosas Grandes. Y a veces el mundo cambia porque alguien puede tomar 4 buses para llegar.

Les comparto esto no por mí. Sino porque sé que cada uno de ustedes tiene una historia así. Y porque necesitamos recordarnos que lo que hacemos, aunque no lo
veamos, florece dos años después en forma de título, de vida, de esperanza.

Sigamos siendo esos «desconocidos» que dan una mano.


Por Tito Ruiz Diaz – Paraguay