Mi vocación de servir, de dar,de pensar en el bien común

Imagina tener 19 años…Encontrarte gravemente enferma en un lugar tan remoto y olvidado por el Estado, que para llegar al hospital más cercano hay que caminar entre 12 y 15 horas por caminos de herradura.

Sin carretera. Sin hospital. Sin servicios básicos.

Y que toda una comunidad se una para cargar tu cuerpo en una camilla rudimentaria, caminando por montañas y lodo, turnándose a relevos para
intentar salvarte la vida. Mientras tu madre – embarazada de ocho meses-camina al lado de esa camilla, sin saber si llegará a tiempo para salvar a su hija.

Mi nombre es Nayva Ihuaraqui… y esta es mi historia.

Pero también es la historia de miles de niños, jóvenes y familias que hoy, en pleno siglo XXI, siguen viviendo en comunidades rurales olvidadas por el mundo.

Aquella experiencia me hizo entender varias cosas que nunca olvidaré: entendí que la vida de una persona es infinitamente valiosa, sin importar quién es, de dónde viene o cuánto tiene, entendí que, cuando una comunidad practica la fraternidad, el apoyo mutuo y el bien común, todos cuidan de todos como si fueran de su propia familia.

Entendí que hay muchas vidas por salvar en estas comunidades. No siempre de enfermedades. Sino del abandono. De la falta de oportunidades. De sueños que parecen imposibles. De la resignación a vivir sin esperanza.

Ahí nació mi vocación de servir, de dar, de pensar en el bien común. Una vocación que con los años fue creciendo hasta convertirse en mi propósito de vida.

Y entendí que devolver ese gesto no era una opción. Era mi propósito.

Años después migré a España. Pero migrar también significa vivir la soledad, el miedo y el desarraigo.

Recuerdo un día en el metro de Barcelona en que me sentía completamente sola y sin fuerzas. Una mujer desconocida se acercó, me tomó del brazo y me dijo: «No llores… Dios está contigo. Mi corazón está contigo.»

Nunca más la volví a ver. Pero esa frase me salvó y transformó mi vida por segunda vez, porque entendí que un pequeño gesto humano puede devolverle la esperanza a una persona.

Cuando conocí la Economía de Comunión a través de CONECTA, sentí algo muy profundo: encontré un lenguaje para algo que mi comunidad ya vivía desde Siempre: la cultura del dar, que Chiara Lubich puso en el centro de la EdC desde sus inicios.

La comunidad que me salvó la vida no conocía la EdC… pero la vivía.

La vivía cuando compartía lo poco que tenía: eso es la cultura del dar.

La vivía cuando cargaba a alguien en camilla para salvarle la vida: eso es la fraternidad en su forma más pura.

La vivía cuando entendía que el dolor del otro también era propio: eso es la comunión.

Una comunidad rural, sin recursos, sin nombre, sin reconocimiento… practicando sin saberlo los valores más profundos de la Economía de Comunión.

Y yo era la prueba viviente de que esos valores salvan vidas.

Con el tiempo comprendí que emprender no tiene que ser solo generar dinero. Emprender también puede ser una vocación. Una forma de cuidar la vida. Un servicio al bien común y a los excluidos de cualquier latitud.

Por eso hoy construyo un ecosistema de impacto social con tres elementos que se sostienen mutuamente:

La ONG Mi Corazón Está Contigo, que acompaña a migrantes en Barcelona y gestiona todo el proyecto.

La Biblioteca de las Cosas en Huanchag, donde las familias comparten herramientas agrícolas, materiales educativos y objetos cotidianos. Es también
mi TFM en el Máster en Políticas Sociales en la UAB. Cada herramienta compartida es un acto de justicia social, y en el lenguaje de la EdC, un acto de comunión de bienes.

El Café Huanchag, que conecta a los campesinos de mi comunidad con el mercado internacional a precio justo, destinando parte de sus ganancias a sostener la biblioteca.

Y esto no es solo un proyecto en papel. Desde Barcelona ya acompañamos a migrantes en situación de vulnerabilidad, participamos en carreras solidarias, llevamos navidad a los niños de Huanchag y celebramos el día de las madres con las familias de la comunidad.

La comunidad que me salvó la vida hoy siente que aquel gesto no cayó en el olvido. Que fue semilla. Y que está dando frutos. Y los niños y jóvenes de Huanchag crecen motivados a vivir bajo los principios de la fraternidad, la ayuda mutua y el cuidado
de los suyos.

Hoy sueño con que ningún niño tenga que abandonar su tierra para poder soñar con un futuro mejor. Con que las comunidades rurales también puedan sentirse vistas, valoradas y acompañadas.

Lo que Huanchag me dio, sin saberlo, quiero devolvérselo con nombre, con estructura y con futuro.

Porque para mí, la Economía de Comunión no es solo una teoría económica. Es una vocación de vida. Es entender que la economía puede tener alma. Que una empresa puede cuidar personas. Que el verdadero éxito solo tiene sentido cuando también mejora la vida de otros.

Y por eso hoy puedo decirte, a ti, que me escuchas: Mi corazón está contigo.


Por Nayva Ihuaraqui- Perú

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