Joseph Le Bour: Una vida de luz y amor concreto

El viernes 15 de mayo la iglesia celebra a San Isidro Labrador, el campesino, el patrón de los agricultores y ese mismo día se llevó consigo al Cielo a Joseph Le Bour, francés de origen, pero “hombre mundo”, el agricultor por excelencia, el apasionado del campo,  pionero en Perú de la «milagrosa espirulina», pero además agrónomo, profesor universitario, conferencista, ideador de decenas de proyectos agrícola y sociales, promotor de proyectos como EdC (Economía de Comunión) y de MPPU (Políticos por la unidad), sobre todo amigo de los necesitados…. 

Detrás de un gran hombre en general está una gran mujer, muy valiosa, fallecida hace poco más de un año, Lourdes «Lula» Bellatin, que lo acompañó todo el tiempo y que supo apoyarlo a lo largo de su vida,  ¡incluso en sus «locuras» de iniciativas!

Lo conocí hace 50 años en la Escuela de formación como focolarinos en la ciudadela de Loppiano, pero luego nos hemos cruzado varias veces en algunas partes del mundo, hasta estos últimos 18 años cuando lo acompañé muchas veces en mis estadías en Arequipa (Perú) donde vivía.

Quiero que lo recuerden personas que lo han conocido en varios periodos de su vida, incluso en pocos momentos con ocasión de algún congreso.

“Recuerdo cuando pasaba por el Focolar de Nantes, en Francia, con una maleta «para tirar»; hablaba de todos sus proyectos con la espirulina, todo un precursor… Lo acompañaba a la estación; iba vestido como un «clochard» y hablaba de China; no sé si al final llegó allí. Joseph era un pobre entre los pobres y dio su vida para hacer el bien a su alrededor, nada más. Verdaderamente un ejemplo, su ejemplo de dulzura no se borrará” 

(D.L,  francés, compañero de juventud)

Compartí con él parte de mi vida Gen y vivimos juntos en la “casita Gen” de Tolosa durante un año (1971-1972). Joseph, una persona original pero íntegra. Volví a verlo en Lima cuando pasé en 1998. Siempre igual a sí mismo. Un hombre consagrado a la humanidad pobre y sufriente.

(R. Ch. – Francia)

Ya cuando estábamos en Loppiano me parecía un angelito. Bueno y apacible, ha dedicado su vida a ayudar a los más pobres, a enseñarles a cultivar la tierra y a.… construir casas. 

(G.F., compañero durante los años de formación en Loppiano)

Tu vida y tu testimonio no se desvanecen con tu ausencia; por el contrario, permanecen entre nosotros como un legado imperecedero de fe y humanidad… Gracias, Joseph, por cada momento compartido, por cada conversación que nos devolvía la paz y por cada consejo que, con sabiduría y humildad, supiste darnos. Me quedo con la riqueza de tus enseñanzas, con la calidez de tus palabras y, sobre todo, con ese amor y entrega incondicional que siempre te caracterizaron. Gracias por haber sido luz en nuestros momentos más oscuros y por enseñarnos el verdadero valor del servicio.

(H.T. compañero del núcleo de voluntarios con quienes se reunía cada semana)

No pensé que partirías

Tan pronto hacia el cielo,

Si bien Lulita te esperaba,

No había prisa hermano, (…)

No entiendo hoy nada.

Tu fe, tus ganas de apoyar a niños y grandes,

Se quedaron en el camino, como un reto para los que quedamos.

No más polen, miel ni abejas, (…)

No más cantos franceses en los viajes.

Cantaré solo sin ti, sin la guitarra imaginaria que al oído deleitaba.

(P.  que, como ángel, lo acompañó muy de cerca en estos últimos meses)

Para nosotros de mi ciudad fue en ese congreso ejemplo de decisión, empuje, coraje, valentía…  (A. después de un congreso en Medellin)

Ejemplo de amor, de dedicación al Ideal, de caridad, de vida, de dulzura, de solidaridad, de entrega por los demás …. Y el “rosario” es largo.

Solo nos nace decir: GRACIAS JOSEPH

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