
El vivir este mandamiento (Juan 15,17) por primera vez, me volví profundamente consciente de
que estaba siendo bendecida con la oportunidad de experimentar una realidad divina que me llenó degran alegría. Aprendí que, al elegir amar, podía experimentar la cercanía de la presencia de Dios en medio de la vida cotidiana. Esta alegría me inspiró a amar más profundamente, porque por primera vez el deseo más hondo de mi corazón —amar y ser amada— se cumplía. Amar se convirtió no solo en una inspiración, sino en una razón para vivir.
Me convertí al catolicismo en 2001 y poco después me casé con mi esposo, Miguel. Iniciamos en el
matrimonio compartiendo el deseo de que el amor entre nosotros se convirtiera en modelo y fuente de fortaleza para otros. Nuestra historia comenzó a desarrollarse después de mudarnos a Stockton, California, una ciudad conocida por la pobreza y la falta de vivienda. Comencé a hacer voluntariado en uno de los refugios para personas sin hogar más grandes de la ciudad. Fue allí donde conocí a Alvin.
Alvin había llegado a Stockton la noche anterior a nuestro encuentro. Estaba formado para solicitar un lugar en el refugio cuando comenzamos a conversar. A los pocos minutos, me preguntó si podía ayudarle a recuperar algunas pertenencias que había dejado en un motel. El plazo para reclamarlas estaba por vencerse. Su urgencia era evidente. Aunque existían reglas estrictas que prohibían socializar con los residentes fuera del lugar, acepté con cierta reserva.
Condujimos una cierta distancia hasta un motel deteriorado —el único que él había podido pagar—.
Mientras esperaba nerviosa, me preguntaba si había cometido un error. Cuando Alvin regresó, cargando dos bolsas grandes con todas sus pertenencias, una de ellas se rompió y la ropa arrugada cayó al suelo. Al agacharme para ayudarle, noté que había una Biblia grande. Al recogerla, sentí un recordatorio silencioso del mandamiento de amar, y mis dudas desaparecieron.
Alvin había trabajado como chef de hospital hasta que no pudo continuar debido a un accidente, por lo que buscó una vida mejor en Stockton. Yo siempre había escuchado que los hombres afroamericanos no eran buenos padres, así que cuando Alvin me pidió dinero para comprar leche, me mostré escéptica, observando discretamente lo que compraba. Alvin, por su parte, también había aprendido a no confiar en las personas blancas y se preguntaba por qué esta “mujer blanca” lo ayudaría.

Tomó tiempo derribar nuestros prejuicios para que la confianza y la amistad permitieran que su familia se integrara a la nuestra. Al crecer en un entorno urbano marginado, muchas de sus experiencias habían sido limitadas. Le encantaban los documentales sobre la naturaleza y a menudo se preguntaba cómo sería experimentar el aire libre en persona. En su cumpleaños lo llevamos a un parque nacional. El momento más especial del día llegó cuando un venado joven se acercó silenciosamente a él. El asombro y la alegría en su rostro lo decían todo.

Después de conocernos, comenzaron a suceder cosas extraordinarias de manera espontánea. Las historias de la perseverancia de Alvin se difundieron por la comunidad. La generosidad se volvió contagiosa. Ropa, muebles y artículos para el hogar comenzaron a llegar. En menos de dos semanas, su nuevo departamento estaba completamente amueblado. Un cirujano reparó su hernia sin costo alguno. Un estudiante universitario hizo una donación después de sentirse inspirado por el amor de Alvin por sus hijos. Una mujer que nos observó en la fila del supermercado nos siguió hasta el estacionamiento y ofreció donar parte de la venta de una propiedad a la familia.
Sin embargo, a pesar de las dificultades que había vivido, Alvin permaneció humilde y dispuesto a perdonar, siempre buscando ayudar a otros. Cuando un compañero del refugio necesitaba un pantalón grande para una entrevista de trabajo, pero no tenía dinero, Alvin se ofreció a caminar casi cinco kilómetros hasta una tienda con solo veinticinco centavos en el bolsillo. Al explicar su propósito al dueño de la tienda, recibió de inmediato el pantalón de la talla exacta sin costo alguno. Era como si la generosidad que lo había rodeado ahora fluyera a través de él. Con el tiempo, tuvimos que dejar Stockton. En nuestro último día juntos, le pedí a Alvin que reflexionara sobre el año anterior.
—¿Cuáles fueron tus momentos más difíciles al llegar a una ciudad que no conocías?, le pregunté.
—No saber si sobreviviríamos y si tendríamos un techo bajo el cual vivir —respondió—. Mi mayor miedo era perder a mis hijos, y nunca sabía qué traería cada día.
—¿Cómo pudiste sobrellevarlo? —pregunté.
—Contigo, amiga mía. Hiciste posibles muchas cosas. Me diste esperanza. Después de todo lo que he
vivido, no creía que existieran personas buenas. Pero ahora sé que sí existen y que, de algún modo, te
encuentran.
Después de nuestra partida, perdimos contacto con Alvin. La separación y el silencio fueron difíciles de aceptar. Sin embargo, llegué a comprender que amar es obra de Dios, nunca nuestra. Estamos llamados a amar sin apegarnos a los resultados y a tener el valor de soltar nuestras expectativas.
Debemos recordar siempre que el llamado a amar no es solo una invitación a actuar, sino una invitación a conocer a Dios.

Por Raya Novax
