Una microfísica social alternativa

Existe un micro-fundamento de la política internacional más allá de las grandes estrategias y la
geopolítica. Así lo plantea Pasquale Ferrara, experto en derecho Internacional, italiano, de quien
reproducimos algunos fragmentos de un artículo publicado en la revista Cittá Nuova web, febrero
2026, sobre el acontecer geopolítico actual.

La forma convencional de interpretar el crítico estado actual de las relaciones internacionales consiste en rescatar un paradigma obsoleto, típico del siglo XIX: el llamado «equilibrio de poder». En realidad, se trataba de una confrontación cautelosa y desconfiada entre Estados, Reinos e Imperios, cuyo objetivo principal era controlarse mutuamente, sin ningún principio compartido real, salvo la división del poder en Europa y más allá. Hoy, podemos encontrar algunas analogías vagas con ese juego de poderes contrapuestos, pero el contexto es muy diferente.


Después de 1945 y, con mayor convicción, después de 1989, Estados Unidos se presentó como el campeón mundial de la economía y la política liberales. Con el tiempo, el gran adversario se había convertido en China como potencia emergente, en lugar de Rusia. Hoy, en lugar de competencia, quizás deberíamos hablar de colusión entre megaestados que buscan reproducir las esferas de influencia, como en ciertas fases del colonialismo occidental.


Basta con leer la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (con especial referencia a Latinoamérica) para percatarse de esta regresión. Por ahora, esta forma de poder asimétrico tiende a presentarse como hegemonía política.
Pero no se puede descartar que asuma un carácter territorial, como en el caso de la ocupación militar rusa del Donbás en Ucrania. Consideremos también las referencias de Trump a Canadá como el 51.º Estado de la Unión, por no mencionar sus reivindicaciones sobre Panamá e incluso Groenlandia. Al otro lado del mundo, China sigue considerando a Taiwán parte integral de su territorio (la política de «una sola China») y se niega a renunciar a sus demostraciones de fuerza en el Mar de China Meridional, en conflicto con Filipinas, por un lado, y con el propio Vietnam, por otro, mientras se reavivan las rivalidades históricas con Japón. Rusia y China han anunciado que existe una cooperación «ilimitada» entre ellos.
(…) Y por tanto, en lugar de un enfrentamiento entre las grandes potencias, deberíamos hablar más correctamente de un «Pacto de los Prepotentes». Me parece que las características más destacadas de este nuevo y perturbador panorama son al menos tres. Primero, la idea de que el poder es ahora la medida predominante en las relaciones internacionales (…)
Segundo, a diferencia de los modelos del pasado, esta era se basa menos en la disputa y más en la transacción, no menos perjudicial para el orden mundial. Dado que hoy nadie puede aspirar realmente a ser una potencia hegemónica global, esta nueva gran «Compañía de las Indias Orientales» internacional y transnacional aspira, principalmente a gestionar conjuntamente los recursos mundiales, como las tierras raras y las nuevas tecnologías. Pero el objetivo es el mismo: dominar el mundo, lo cual es muy diferente de gobernarlo según la justicia. Por eso la ONU se convierte en un obstáculo: se deslegitima y se paraliza. En tercer lugar, y de manera aparentemente paradójica, estamos presenciando formas de privatización de la soberanía (…). Es lo que Giuliano da Empoli llama la hora de los depredadores, la edad de oro de los «Borgiani».
Pero la soberanía —que pertenece al pueblo y a los pueblos— también se está vendiendo. Por ejemplo, la notoria «Fundación Humanitaria de Gaza», a la que estadounidenses e israelíes han confiado la gestión de la ayuda humanitaria a Gaza, entra dentro de este esquema de «proveedores privados» de funciones de supervisión. Incluso las funciones del Consejo de Seguridad de la ONU se están subcontratando cada vez más, por así decirlo, como en el caso de la «Junta de Paz» presidida por Trump para Gaza. Esto supone una admisión implícita del propio fracaso del organismo internacional, que externaliza sus funciones al gobierno más fuerte, armado y agresivo, o a empresarios y promotores inmobiliarios (…).
Existe una micro-base de política internacional, más allá de las estrategias y la geopolítica, que atraviesa las existencias concretas, nuestros mundos vitales. Concierne a hombres y mujeres de carne y hueso, familias, asociaciones, pequeños grupos de voluntarios, ciudadanos activos, personas de buena voluntad.
Una microfísica social alternativa. Una política del pueblo y de los pueblos, basada en un sentido de «benevolencia» y reconciliación con los demás, tanto con quienes están físicamente cerca como con quienes habitan nuestro mismo frágil planeta o se encuentran en otro tiempo, como las generaciones futuras. Incluso antes que las actitudes éticas, estas son virtudes cívicas indispensables para la convivencia y, en última instancia, también para la causa de la paz.