Ayudar, un camino que nos pide consciencia


¿Por qué el noble gesto de dar ayuda —y también de abrirnos a recibirla— se convierte, muchas veces, en un ejercicio desafiante y complejo?

o hay ser humano que no necesite ayuda en algún momento de su vida. La autosuficiencia no existe y es apenas un disfraz del complejo de inferioridad. La ilusión de que no se noten las propias vulnerabilidades. Pero no es fácil ayudar y tampoco pedir ayuda. Quien la pide debe saber, en primer lugar, qué necesita. No qué desea, sino qué necesita, ya que deseos y necesidades no son lo mismo.
Las necesidades de supervivencia sostienen la vida (alimento, agua, abrigo, aire, seguridad). Las necesidades vinculares proporcionan relaciones y socialización (reconocimiento, aceptación, contacto,
inclusión, respeto). Las emocionales garantizan el equilibrio psíquico (amor, amistad, agradecimiento,
admiración, confianza). Las espirituales culminan en la autorrealización (servicio, expresión
de capacidades propias, creatividad, trascendencia).
El psicoterapeuta humanista estadounidense Abraham Maslow (1908-1970) configuró a partir de
todas ellas su célebre pirámide se las necesidades humanas. Cuando estas son atendidas hay paz y
armonía.
Los deseos son otra cosa, resultan insaciables, la mayoría de las veces nacen de estímulos externos,
nunca generan satisfacción, un deseo atendido da lugar de inmediato a un nuevo deseo en una
cadena sinfín.
A menudo se confunden deseos con necesidades, sobre todo en un mundo en el que cada deseo es un negocio y existe una industria dedicada a provocarlos, haciéndonos creer que “necesitamos” lo
que, en realidad, solo “queremos”.
“Necesito” y “quiero” no son sinónimos, sino todo lo contrario. Por todas estas razones es importante
saber qué necesitamos para saber pedir ayuda. Los deseos no precisan ayuda. Muchas necesidades sí.
Otras encuentran su atención en recursos propios.

Ayudas que no ayudan


Y así como no es simple pedir ayuda, tampoco lo es brindarla. La disposición a ofrecerla no significa
que podamos hacerlo. Y en este punto es necesario cuidarse del “furor ayudandis”, o creencia de que
estamos en condiciones de ayudar siempre y a todo el mundo. Muchas veces esta actitud tiene más que ver con el ayudador que con el ayudado. Refiere al deseo inconsciente de sentirse “bueno”, “útil”,
“admirado”, o de saldar una culpa real o imaginaria.


No siempre se tiene lo que el otro necesita, no siempre se puede e incluso no siempre se debe
ayudar.


Hay ayudas que invalidan al ayudado al impedirle desarrollar, reconocer o aplicar sus propias capacidades de auto sustentación.


El psicoterapeuta y teólogo alemán Bert Hellinger (1925-2019), creador de las constelaciones familiares (disciplina que explora las causas transgenealógicas de los conflictos de familia) sostenía que ayudar es peligroso y requiere mucho cuidado y respeto, porque se trata de entrar en el alma del
otro, para lo cual primero hay que sintonizar con ella.

Hellinger consideraba que la ayuda es un arte y que, como tal requiere aprendizaje y ejercitación.
Dirigiéndose específicamente a quienes se dedican a profesiones de ayuda, como la psicoterapia, la
medicina, la enfermería, la asistencia social y demás, desarrolló Los órdenes de la ayuda, un
preciso y valioso recordatorio que bien puede aplicarse a todos los campos de las relaciones
humanas.


Una valentía especial

Esos órdenes son los siguientes:

El Primer orden es el del equilibrio en la ayuda. Sólo podemos dar lo que tenemos y tomar lo que
necesitamos. Los límites son claros. No se debe dar más de lo que el otro pide y no se debe exigir nada. Ni tomar más de lo que necesitamos, ni pedir lo que el otro no tiene o no puede.

El Segundo orden es del respeto. No se trata de ayudar como queremos o como nos parece o como
creemos que el otro necesita, sino como la otra persona pide. Si no podemos hacerlo así debemos
retirarnos. La ayuda no se impone, ayudar es respetar las circunstancias.

El Tercer orden es el de una relación adulta. Quien ayuda no debe colocarse en el papel de padre, madre o maestro del otro. El vínculo de la ayuda debe ser entre pares. Aquí se admite una excepción
temporal cuando el ayudado perdió tempranamente a sus fuentes de amor materno o paterno, pero es solo hasta que alcanza el umbral de la adultez.

El Cuarto orden refiere a que el ayudador no debe colocar al ayudado en el lugar de víctima. Alienta a
establecer una relación empática que no pierda de vista el contexto general y sistémico en el que se
ayuda.


El Quinto orden llama a amar a cada persona tal como es y a brindarle ayuda, cuando es posible, de
acuerdo con los órdenes anteriores, sin importar lo diferente que ella pueda ser de uno mismo. Quien de veras ayuda no juzga, sostiene Hellinger, y abre su corazón al otro.

Se ve, entonces, que ayudar no es simple a pesar de las creencias y mandatos que existen al respecto,
los que suelen generar malentendidos y resentimientos, ya sea porque alguien no se sintió ayudado
como necesitaba o porque alguien no se sintió recompensado como esperaba por su ayuda.

“Ayudar requiere por un lado sintonía y por otro lado valentía”, dice Hellinger. La valentía de
retirarse cuando se interrumpe la sintonía, que en este caso es muy sutil, de alma a alma. Ayudar, en
fin, es un verbo fácil de pronunciar y complejo de conjugar. Algo que debemos considerar antes de hacerlo, para que la verdadera ayuda sea un encuentro y no un conflicto de almas.

Por Sergio Sinay
Fuente https://www.sophiaonline.com.ar/