«Cuanto más vasto sea el mundo, cuanto más orgánicas sus conexiones interiores, tanto más triunfarán las perspectivas de la Encarnación.»
Teilhard de Chardin
10 años de Laudato Sí’, y algo más de 5 años de Querida Amazonía, el legado del Papa Francisco resuena como una herida abierta y, a la vez, como un fuego que sigue ardiendo. Su palabra no fue simplemente un llamado ecológico, fue -y sigue siendo- un grito profético y una hoja de ruta para una conversión integral, capaz de trastocar desde lo más íntimo hasta lo estructural.
Laudato Si y Querida Amazonía no son textos: son caminos de redención desde las periferias, desde el grito de la Tierra y el clamor de los pueblos. El Papa nos ha regalado una brújula para tiempos oscuros.
I. Metanoia: La conversión que aún no ocurre
La conversión ecológica que Francisco nos propone es radical. No se trata de un cambio cosmético, sino de una ruptura espiritual y estructural con el sistema dominante. Se trata de dejar atrás una economía que mata (EG 53), que acumula para unos pocos y descarta a las mayorías.
No enfrentamos dos crisis separadas — una ambiental y otra social — sino una sola crisis socioambiental, donde el sufrimiento de los pobres y el colapso de la Tierra son expresiones de un mismo pecado estructural.
Las cifras son escandalosas: más de 800 millones de personas pasan hambre, mientras toneladas de alimentos son desechadas cada día. El 1% más rico del planeta posee la misma riqueza que el 50% más pobre. Las temperaturas globales ya han superado en algunos puntos los grados establecidos como límite con respecto a la temperatura promedio en el inicio del periodo industrial, las migraciones forzadas por causas ambientales podrían superar los 200 millones de personas en las próximas décadas, y los fenómenos climáticos extremos se vuelven la norma.
Estamos frente al fracaso del proyecto de Reino cuando se desliga el llamado a la conversión de las vidas y rostros concretos.
Y hoy debemos reconocer, con dolor, que esa conversión aún no ha sucedido. La pandemia de 2020 fue un umbral, una oportunidad para cambiarlo todo. Pero elegimos volver a lo de antes. Hicimos de una herida global un paréntesis, no un parteaguas.
Laudato Sí no fue asumida en su potencia transformadora. La Amazonía sangra. Los pueblos que la habitan son criminalizados por defender lo que siempre han protegido. Y mientras se proclaman transiciones energéticas verdes, se perpetúa el extractivismo de siempre.
II, Alteridad: El/La otro/a como revelación
El Papa ha colocado a los pueblos indígenas amazónicos y a la Tierra misma como verdaderos sujetos de revelación. No son objetos a cuidar ni amenazas a contener, sino rostros concretos de Dios. En ellos se revela una epistemología otra, una espiritualidad encarnada y una teología viva.
La Amazonía es hoy locus teológico. Allí ha ocurrido una irrupción de sujeto eclesiológico territorial: los pueblos, sus culturas, sus lenguas, sus luchas y espiritualidades, ya no son periferias que esperan validación. Son centros de sentido, donde la Iglesia aprende a ser Iglesia.
La hermana madre Tierra es verdaderamente «otra», no una extensión de nuestra voluntad. Es sujeto, no recurso.
Y reconocerla así no es herejía, como gritaron algunos en la narrativa del «Sínodo pagano», sino fidelidad profunda al misterio de la Encarnación.
Nuestra casa común es el espacio donde sucede la Encarnación, donde Dios se hace carne y proyecto de Reino. Negar su dignidad es negar al Dios que se hizo cuerpo. Cuidarla no es un gesto ético opcional: es un imperativo teológico.
Por eso, en Querida Amazonía, nos invita a dejarnos evangelizar por los pueblos amazónicos, a abrazar una teología del territorio, a reconocer que no hay verdadera fe sin una ecología integral vivida y encarnada. Procesos de redes eclesiales territoriales en el Congo, en Asia-Oceanía, en el Mediterráneo, en Mesoamérica y en el Acuífero Guaraní y Gran Chaco dan cuenta de ello.

III. Parresía: El coraje de actuar
El punto de partida de esta parresía fue la REPAM, nacida desde el clamor de los pueblos, como articulación profética que unió Iglesias, comunidades y voces diversas. Desde ahí se gestó el Sínodo Amazónico, que fue una verdadera escuela de sinodalidad y una epifanía polifónica del Espíritu o incluso una polifonía epifánica desde el territorio.
En este tiempo límite, el legado de Francisco no puede quedar en documentos. Es hora de actuar con parresía: con valentía, abrazando el testimonio de tantos quienes han dado la vida. Laudato Si’ y Querida Amazonía son llamados a gestar alternativas encarnadas.
La CEAMA es ya semilla de esta nueva forma de Iglesia. Y el PUAM es su concreción educativa territorial. No es una propuesta más: es una respuesta estructural, una Universidad en clave sinodal y amazónica, que camina con los pueblos, forma liderazgos comunitarios y reconstruye desde el territorio.
Pero el tiempo se agota. Estamos cerca del punto de no retorno. Y no se trata solo del planeta: se trata de nuestra fe. Una fe que no toca la tierra ni escucha el grito de los pobres ha dejado de ser cristiana. El Reino no puede sostenerse donde el hambre, la desigualdad y la muerte son lo normal de cada día.

Conclusión: Esperanza Pascual en tiempos de colapso
Francisco nos ha dado la brújula. La pregunta es si tendremos el coraje de caminar. Esta década ha sido una prueba. La próxima será un parteaguas definitivo. Laudato Sí’ no es una opción pastoral más: es expresión del Evangelio hecho carne en el grito de la Tierra y de los pobres hoy. Que no nos encuentre el colapso aún dormidos.
Porque como recuerda Teilhard, «la vida, por ser ascensión de consciencia, no podía continuar avanzando indefinidamente sin transformarse en profundidad». Esa es la conversión. Ese es el legado. Ese es el salto que debemos dar.

Por Mauricio Lopez
Rector del PLAM y Vicepresidente laico de la CEAMA.
