La hermana Ernestina López Bac, más conocida como la Abuela Tina, representa mucho para la causa de los pueblos originarios de Guatemala, de México, de Centroamérica, de Panamá y de toda América Latina; porque en su persona se encuentran los elementos claves que nos permiten entender el dolor y la pena que ha marcado la vida de los pueblos indígenas y también la lucha que estos pueblos han generado para liberarse de esa realidad pecaminosa y construir otro mundo posible a partir de su fe ancestral milenaria enriquecida por el Evangelio de Jesús, que la Iglesia impulsa en medio de contradicciones.
Ernestina pertenece al otrora grandioso pueblo maya kachiquel; despojado de su poder en la época colonial y empobrecido posteriormente por otros modelos de sociedad que siguieron despojando a los mayas y mestizos campesinos de Guatemala de sus derechos colectivos y de personas.
Los padres de Ernestina la entregaron para su educación básica a un organismo eclesial: el Instituto de Señoritas del Perpetuo Socorro de las Hermanas Betlemitas, fundado por Monseñor Rossel Orellana, que se convirtió prácticamente en su nueva familia. Ahí la niña Ernestina desarrolló su natural inclinación por la música y destacó posteriormente como joven maestra en la educación escolar especialmente en la música sacra, acompañando a Fray Monasterio mártir de Guatemala (y próximamente reconocido por la Iglesia como beato) en organizar una buena estudiantina.
Más adelante descubrió en este contexto su vocación a la vida consagrada a Dios y al pueblo. Y las hermanas Betlemitas, de larga trayectoria en Guatemala, por el Hermano Pedro, fundador de la Orden de Nuestra Señora de Belén, le dieron sentido pleno a su consagración al servicio de los más pobres. Como betlemita recorrió Guatemala, Centroamérica, Sudamérica y, en los años del comienzo de la represión en su patria, le asignaron la misión de guiar la pastoral en El Quiché apoyando a Monseñor Julio Cabrera Ovalle. Después tuvo otro destino fuera de Guatemala.
Cuando la represión llegó a su máximo en Guatemala, al papá de Ernestina lo asesinaron vilmente y ella no pudo hacerse presente para su entierro. Esa fue una de las penas mayores que Ernestina cargó toda su vida. Y, al enfermarse su madre, ella pidió permiso de atenderla y, por prolongarse el tiempo concedido, ella tuvo que aceptar su salida de la congregación y la exoneración de sus votos. Otro dolor que cayó sobre ella.
A partir de esa nueva situación, impuesta por las circunstancias, Ernestina comenzó una nueva etapa de su consagración entregada totalmente a la lucha por los derechos de las mujeres indígenas dentro de la Iglesia y de la sociedad, a la lucha por los derechos colectivos de los pueblos originarios en orden a recuperar sus territorios ancestrales, a tener sus asambleas comunitarias, sus autoridades propias, su espiritualidad milenaria. Ahí se encontró con hermanos indígenas y no indígenas luchando por las mismas causas: el padre Santos Gabino García, los dominicos de la Verapaz en el Centro Acután y muchos sacerdotes mayas jóvenes como el padre Mario Tubac y muchos otros más que la acogieron como hermana y abuela.

Don Julio Cabrera la conectó con Monseñor Juan Gerardi, más adelante mártir de la Recuperación de la Memoria Histórica durante la represión, con Mons. Rodolfo Valencia y Mons. Álvaro Ramazzini y prácticamente con toda la Conferencia del Episcopado Guatemalteco, que puso en sus manos la Pastoral Indígena de Guatemala. Al ampliarse el proceso Ernestina se encontró con hermanos de otros países con quienes abrió caminos para la Pastoral de los Pueblos Originarios de toda América Latina desde el Consejo Episcopal Latinoamericano, y también el Consejo Latinoamericano de Iglesias y la Articulación Ecuménica Latinoamericana de Pastoral Indígena: Con Tatic Samuel de México y con los compañeros del Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas: Clodomiro Siller Acuña y Eleazar López Hernández; con Ismael Vargas y los hermanos Lencas de El Salvador; con Briseyda, Aiban Wagua y Felix De Lama, Mons Lacunza en Panamá; con las Lauritas en Colombia, con Mons. Leonidas Proaño, Roberto Neppas y Alcides Catota en Ecuador; con los de compañeros de la Teología y Pastoral Andina de Perú y de Bolivia: Diego Irarrázabal, Domingo Llanque, Tania Ávila, Sofía Chipana; con Laura Vicuña, Reginaldo Cordeiro Lima, Paulo Sués y los hermanos del Centro Indigenista Missionario de Brasil; con Margot Bremer y compañeros de la Coordinadora Nacional de Pastoral Indígena de Paraguay; con Ponciano Acosta y Kiki Ramírez del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen de Argentina; Con la Hermana Verónica y Fernando Díaz de la Pastoral Mapuche.
Así fue la vida de la Hermana y Abuela Ernestina López Bac. Una gran mujer que contribuyó con todo lo que tenía para no quedar aplastada como víctima del mal que impera en la sociedad y, a veces, también en la Iglesia; sino generar juntos, -indígenas y no indígenas, obispos, pastores y pueblo, católicos y protestantes-, un mundo nuevo acorde a los anhelos ancestrales de nuestros antepasados y ajustado a la Buena Noticia del Reinado de Dios donde todos somos hermanos de igual dignidad y se realiza para la creación y los seres humanos la afirmación de Jesús: “Yo vine para que tengan vida y la tengan abundancia” (Juan 10,10) .

Por P. Eleazar López- México
