Con Miguel, mi marido, soñamos una familia. Muy idealistas, de novios nos unió la idea de un mundo más justo y solidario, un sistema social que construya, con todos, una comunidad universal.
Los hijos se hicieron esperar. Yo sufrí esa espera, pero Dios nos regaló tres mujeres y tres varones. Los formamos en la fe, delegamos temas en la escuela, también en los scouts. Con aciertos y errores propusimos un camino en un marco de libertad y solidaridad. Crecieron y fueron tomando sus propias decisiones, viviendo su vida en el marco de esta familia, imperfecta pero presente. Miguel falleció en 2023.
Quiero hablar de mi tercer hijo, Francisco. Nace dos días antes de que su hermano Emilio cumpliera un año por lo que fueron profundamente amigos. Fran crece alegre, osado, inquieto. Excelente alumno, buen compañero. Atributos estos reconocidos por sus escuelas y compañeros. Hizo su camino en los scouts, en donde se llamó «búho». Practicó varios deportes.
En la universidad cursó dos años de química y de teatro encontrando su carrera en diseño industrial. Mientras estudiaba trabajaba en un call center dado que nuestra economía familiar lo requería.
Un día, mientras estábamos con Miguel conversando, vino Fran y se tiró entre ambos, como hacía cuando era niño con sus hermanos. Sostenía la cabeza con sus manos. Nos miró con esos ojos infinitos y nos dijo: “Quiero decirles algo que mamá ya sabe. Soy gay”. Le caían unos lagrimones… “Quiero saber si a pesar de esto van a ser felices y si me van a querer igual”. Se hizo un silencio… Miguel, que siempre tenía algo para decir, no pudo formular una palabra. Yo solamente dije: “vos, como tus hermanos, piensan y toman decisiones diferentes a las que tomamos nosotros, pero siempre y en toda circunstancia te vamos a amar y acompañar en la vida”. Todavía había muchas cosas por escuchar y comprender… Nos quedamos un momento en silencio y salió de la habitación a hablar con sus hermanos que estaban en el comedor.
A ese momento, que nos cambió la mirada y la vida familiar para siempre, siguieron muchos cafés conmigo, charlas que no pararon. A su papá lo invitó a conversar una tarde. Miguel atesoró ese diálogo en su corazón, pero nunca lo compartió.
Mi preocupación era si él podía ser feliz, si era una condición o podía revertirse la homosexualidad, si no era muy riesgoso vivirla, tener una pareja, hacer su vida. Fui entendiendo que no había decisión o elección. Fran estaba seguro de su homosexualidad, después de haber intentado un vínculo con una joven.
Cuando le planteé una y otra vez mis dudas sobre las dificultades que suponía, la respuesta era siempre la misma: “también pasa eso en la heterosexualidad”. En sus planteos, su risa y su mirada había una honestidad inapelable.
También compartimos en familia, ya aceptada la situación, la pareja estable que Fran tuvo por un año. Juntos nos mostraron una humanidad en el vínculo que desarmó todos los preconceptos que podíamos tener.
Fran seguía solidario, alegre, dispuesto a gestos con familia y amigos que lo hacían un ser necesario, de los que suman siempre.
En un viaje que hizo fuera del país, su salud comenzó a dar signos de deterioro: dificultad para hablar, dificultad con la mano derecha, audios incomprensibles enviados a la familia y los amigos. A través de una llamada telefónica nos enteramos de su problema de salud. Nos organizamos y viajé a Brasil, estaba en Pipa. Desde 2015 tenía VIH. Sólo Emilio lo sabía. Después nos enteramos de que había decidido no tratarse con medicina alopática. Se controlaba cada seis meses y la enfermedad avanzaba junto con nuestra ignorancia sobre el tema.
Nuestro encuentro estuvo atravesado por una profunda emoción, difícil de poner en palabras. Un abrazo y Fran que dice “vieja loca…”, expresión de cariño ya que no me esperaba… Ante la pregunta sobre si volvería conmigo a Córdoba, la respuesta era un rotundo “no”. Sin embargo, los compañeros del hostel hablaron con él y lo convencieron de que regresara.
El viaje no fue sencillo, varios cambios de avión y demora en aeropuertos. En la noche me venció el sueño y Fran se fue… Un amable empleado me ayudó a encontrarlo. Llegamos a Córdoba, nos esperaba Miguel. Llegamos a casa y, con la información que había reunido la familia, teníamos turno en el Hospital Rawson de enfermedades infectocontagiosas de Córdoba. Allí nos dieron un diagnóstico lapidario: la sustancia blanca del cerebro estaba lesionada de forma irreversible. Quedó internado por 13 días, nunca estuvo solo, de día lo acompañaban las mujeres de la familia y de noche los dos hermanos. Nos fuimos turnando y hubo música, algún juego, algún video, alguna golosina… Cada uno dio todo lo que podía y más… Después llegó el alta y volvió a casa. Fran se fue yendo de a poco. A veces volvía su risa, su mirada y después se iba de vuelta. Vivíamos cada momento de cada día como podíamos. Hicimos trámites para conseguir médico y tratamiento. Hubo familiares y amigos que nos acercaron datos, recursos, afectos.
Un viernes dijo basta. La fiebre subió, no podía comer, su cuerpo estaba cada vez más rígido… Llamamos a la emergencia y dimos con un médico muy humano que nos habló claramente. Consiguió un lugar en el hospital Ferreyra, donde el trato fue más humano… allí falleció el domingo. Llovió desde el momento que lo internamos hasta que fuimos al cementerio.
Todo ese tiempo estuvieron con nosotros muchos de sus compañeros de colegio, de facultad, de trabajo, de los scouts, todos dolidos, acompañando la partida de alguien muy querido.
Sabemos que permanece en el corazón de los que lo conocieron, de sus amigos, de su familia…Francisco, búho, vive en nosotros.
Por Silvia Cassou de Sago- Federación de Familias
Movimiento Apostólico de Schoenstatt

