(…) Sabemos que la política no se hace sólo en los partidos y en las instituciones, sino que también
todo lo que se vive en la sociedad civil, en las asociaciones y en la economía tiene una dimensión política.
Si es cierto que el bien común constituye la tarea específica de la institución pública, es igualmente
cierto que este bien común puede lograrse sólo con el aporte de todos los agentes sociales. Y
viceversa, es con el bien común asegurado por la política como pueden alcanzarse y mantenerse
los demás bienes particulares.
La fraternidad no sería, por lo tanto, un “añadido” de la política, sino su esencia, y tendría que
definir sus métodos y objetivos. Sólo así la política adquirirá su verdadero sentido: ante todo, de
servicio a la comunidad, con el ciudadano como sujeto activo.
Esta es, me parece, la política que vale la pena vivir, la que engrandece a los que se comprometen
en ella y da sentido a toda su vida, convirtiéndolos en puntos de referencia seguros para
los ciudadanos, en especial para los más débiles, que les han sido encomendados. Esta es la auténtica política autorizada que el país necesita. Porque el poder confiere la fuerza,
pero el amor da autoridad.
(…) Bastaría con reformar el propio compromiso político desde esta nueva perspectiva, con un
alma nueva, reforzada también por la confianza en que la eficacia de las propias acciones se multiplica por la intervención de Dios en la historia, por su Providencia, que abre caminos insospechados, que crea las condiciones para resolver las situaciones más difíciles y aparentemente sin salida, que acompaña con su Amor y con su Luz a cada uno y a todos juntos.
Chiara Lubich. La Doctrina Espiritual. Recopilado por Michelle Vandeleene- 1ª ed.,2ª reimp.-Buenos Aires: Ciudad Nueva, 2017, pág 306
1 De un discurso de Chiara Lubich a un grupo de políticos de distintos ámbitos, el 15 de diciembre de 2000, en la Sala del Refectorio del Palacio de San Macuto-biblioteca de la Cámara de Diputados-, en Roma.

