Navidad: la revolución que continúa

¡Todos uno! Es una meta. Es un mandato: un mandato de Aquel a quien todo hombre debe someterse con alegría. Dios es nuestro Padre. Si se abrieran los cielos y hablara, mirándonos uno a uno, nos diría: «¡Todos uno! Son hermanos, así que únanse».

Un día se abrió el cielo, porque la Palabra se hizo hombre, creció, enseñó, realizó milagros, reunió discípulos, fundó la Iglesia y, antes de morir en la cruz, dijo al Padre: «Que sean uno». No se dirigió a los hombres: quizá no lo habrían entendido. Se lo pidió al Padre, porque el vínculo de esta unidad es Dios, y nos obtuvo la gracia de poder ser uno.

Nosotros los cristianos hablamos mucho de unidad, del Cuerpo Místico, de la Iglesia, pero a menudo caemos en lo absurdo de saber cosas, de conocerlas, pero no vivirlas.

Sabemos que somos hermanos, sabemos que un vínculo nos une, pero no actuamos como hermanos. Nos cruzamos sin mirarnos, sin ayudarnos, sin querernos. Pero, entonces, ¿en qué consiste nuestra fraternidad? (…)

¿Quién lo hace hoy? ¿Entonces por qué lo dijo Jesús? ¿Es posible que solo los santos vivan el Evangelio? ¿Y qué hacen los cristianos? Intentan, cuando pueden, no hacer el mal y, cuando quieren, hacer un poco de bien. Pero no era eso lo que Jesús quería.

Si caminas por una ciudad pagana ya no te das cuenta de que estás en una ciudad no cristiana, porque en las ciudades ya no se ven más los cristianos auténticos, aquellos que dan testimonio de Dios. Sin embargo, debería haber una diferencia entre los que tienen la verdadera religión y los que no la tienen, debería haber un abismo.

La culpa es nuestra. Hemos olvidado lo esencial. Tenemos los ojos cerrados por los bienes, los negocios, los afectos, las ideas personales y el egoísmo. Nada se pospone a Dios. Dios existe. Sí, también existe Dios, pero es una de muchas cosas. Lo recordamos en ciertos momentos, cuando lo necesitamos.

Como cristianos debemos vivir de forma diferente. Debemos poner a Dios en primer lugar y posponer el resto. 

Él nos enseñará cómo vivir y nos repetirá sus palabras: «ámense unos a otros». 

Eso es todo.

Si cada uno de nosotros traduce estas palabras en vida y ama a los que lo rodean como lo haría Jesús, en cada uno surgirá la chispa de la revolución cristiana, que consiste en obligar a hombres y mujeres, con amor, a reconocerse como hermanos y hermanas y a tratarse como tales. Entonces muchas cosas cambiarán. Mi familia será la humanidad, como dijo Jesús: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios».

Y al pasar por las calles del mundo nos daremos cuenta de que los hombres no son solo hombres, sino hijos de Dios. ¡Todos uno!

Hagamos de la tierra una sola familia, donde la regla de todas las reglas sea el Amor. Hagamos que cada ciudad sea una ciudad nueva. Esta es nuestra meta. Si no hemos trabajado por esto, como cristianos podemos decir que hemos fracasado.

Chiara Lubich, archivo- 25/12/72

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