Mi vocación, tres hitos que la definieron

Fue a los 19, casi 20 años, cuando tuve mi primer encuentro con el Evangelio y a través de éste con Dios. Cuando mamá me pedía que fuera al mercado, un carnicero que no pasaba desapercibido, glorificaba a todas voces a Dios, era “evangélico”, a todos los clientes nos repartía evangelios sueltos, que yo guardaba, pero nunca leía. Hasta que un día comencé a sentir curiosidad y empecé a leer un Evangelio. El de Lucas. Me deslumbró. Todos mis criterios, mis razonamientos, mis formas de ver las cosas se corregían, se iluminaban, se revolucionaban. El Evangelio empezó a ser la luz de mi vida. Puedo decir que un primer hito en mi camino de fe fue el encuentro con Dios en el Evangelio.

Un día me decidí y fui a misa. En esta fe incipiente comenzaron a aparecer interrogantes, dudas, cuestionamientos. Y en cada misa las lecturas me daban la respuesta o el sacerdote hablaba de lo que yo me planteaba. Fue así como en un momento experimenté que Dios me amaba personalmente, tanto que parecía que la misa estaba dicha para mí, y de la emoción no pude contener las lágrimas y rompí a llorar en plena celebración. El amor de Dios me quemaba el corazón. Descubrí que la fe tenía razones, fundamentos, y se despertó en mí una gran curiosidad religiosa. Sentí un fuerte deseo de integrar un grupo juvenil pero no me animaba, ya que nadie me llamaba. Hasta que un compañero de la facultad me invitó a un grupo de Acción Católica: Universitarios de Acción Católica, donde crecí y maduré muchísimo en la fe. Pero pasado alrededor de un año, comencé a darme cuenta de que allí “no iba”. En ese momento no lo entendí.


Circunstancias previstas por la Providencia me hicieron conocer el Movimiento de los Focolares u Obra de María. Yo no sabía de qué se trataba ese grupo. Fui invitado a un campamento de jóvenes en la Mariápolis de O’Higgins, Provincia de Buenos Aires, al conocer esa realidad comprendí que esa vida era lo que yo buscaba sin saber que ya existía.

Al volver de la Mariápolis, comencé a reunirme con un pequeño grupo de jóvenes del movimiento, los Gen (generación nueva), y allí empezó una segunda etapa en mi vida espiritual, un segundo hito: el encuentro con la espiritualidad focolarina en la cual, a partir de ese momento, me sumergí, hasta que sentí el llamado a consagrarme a Dios.


A los 25 años había terminado la facultad, me había recibido de arquitecto, pero esto no me colmaba, me sentía insatisfecho “en el mundo”, como un hueso desubicado. Y en el corazón una intuición: que no haría arquitectura toda la vida. Yo quería ser un focolarino (laico consagrado que vive en comunidad en el Movimiento). Pero dilataba mi decisión de ingresar en focolar. Hasta que llegó la hora y después de varios años me decidí y, con la aprobación de los responsables, me fui a una comunidad, en Rosario en abril de 1992.


El corazón se me partió en dos cuando dejé a mi madre sola. Papá había fallecido hacía unos años. Mi único hermano, estaba viviendo en el exterior. Mamá me acompañó hasta el transporte urbano que me llevaría a la terminal. Una espada atravesó mi corazón cuando el autobús arrancó y ella se quedó sola, abajo, con los ojos nublados por el llanto. Creo que fue desgarrador para los dos. Pero amar a Dios me pedía también esto. Sufría pensando que yo soportaba eso creyendo que Dios me lo pedía, pero, ¿y ella? Y esto agudizaba más mi dolor. Llegué a la terminal. Subí al micro. Busqué en los últimos lugares un asiento solo y lloré todo el viaje. Mi alma se desgarraba de angustia, de tristeza y de sentimientos encontrados, casi como una pequeña agonía. En ese momento recordé una frase que una chica del Movimiento había escrito durante una enfermedad que la llevó a la muerte: “tus caminos Señor son una locura, rompen mi humanidad, pero son los únicos que quiero recorrer”. Me daba fuerzas. Le dije mi “sí” a Dios, aunque estaba destruido interiormente. Nunca superé esa angustia mientras viví en Rosario. No sabía si eso era una prueba de Dios o un signo de que no era mi vocación.


Cierto día, abatido, fui a hablar con un sacerdote agustino que conocía. Al contarle mi situación me dijo: “un camino de consagración no puede empezar por la cruz, primero está la luna de miel, la cruz vendrá después” y agregó: “estás sufriendo inútilmente, toma tus cosas y vete a tu casa”. Con estas frases simples y directas este “gallego” me había sacado una mochila pesada de las espaldas, “me volvió el alma al cuerpo”, comprendí que era yo quien quería ser focolarino, no Dios quien me lo pedía. Por eso la tristeza.

Volví a mi casa y me encontré en un desconcierto total. Seguía deslumbrado por la luminosidad del carisma de la Unidad. Seguía sintiéndome llamado a consagrarme a Dios. Pero no quería ser sacerdote, ni religioso y ahora el focolar tampoco era mi camino. ¿Qué hacía? Me aferré a los sacramentos. Misa diaria, confesión frecuente, continué mis estudios en el Instituto Arquidiocesano de Ciencias Sagradas que había iniciado antes de irme, algo que hacía por placer y cuyas clases me deleitaban el alma, semana tras semana. Estaba ávido de formación religiosa, pero sobre mi futuro no veía nada. Sin embargo, tenía una viva convicción: que había un designio de Dios para mí, y en lo más íntimo tenía la seguridad de que El me lo iba a manifestar.

No presentía para mí otro estado que la vida consagrada, pero temía que fuera un deseo mío, no un llamado de
Dios.


Busqué y busqué. Solo Dios sabe cuánto busqué.

Le escribí a Chiara Lubich -la fundadora del Movimiento de los Focolares-, y ella me respondió diciendo: “y bien
Sergio, (tu experiencia de focolar) ha sido una prueba, y si ahora te parece que Dios no te llama a una vida tan
comprometida no debes hacerte problema. Tú, trata de serle fiel y Él te indicará el camino”. Traté de vivir así. Y
Dios cumplió su promesa: “a quien me ama me manifestaré” (Jn 14, 21).


Fui invitado a un retiro de discernimiento vocacional con los Cooperadores Parroquiales de Cristo Rey en Rosario, en abril de 1997. Recuerdo que la mañana del 1º de enero de ese año, mientras la ciudad dormía los festejos de fin de año, me fui caminando desde mi casa hasta la Basílica de Guadalupe (unos ocho kilómetros) para pedirle a la Virgen que me ayudara, de una vez por todas, a conocer mi vocación, con el deseo de que ese año fuera decisivo. Ya tenía 39 años.


En ese retiro, después de varios días, descubrí por primera vez la belleza del sacerdocio ministerial: la
caridad pastoral, la misericordia con los pecadores, la compasión por las multitudes que caminan “como
ovejas sin pastor” (Mt. 9,36) y el deseo de llevarlas a los “pastos frescos y a las aguas tranquilas” (Sal. 22,2), al
descanso en Dios. El alimentar a los fieles con los sacramentos. A instruirlos en la plenitud de la Verdad. ¡La
Eucaristía!


¡Poder “hacerla”! Santificarme santificando a los demás. Dios tiene sus tiempos, nosotros también. No quiso
llamarme a los 20. Me llamó a los 40, y creo poder decir que antes no me lo pedía. Me lancé con todo. Ya no había dudas. “El camino” estaba claro. Ahora ya no sentía angustia pensando en lo que tenía que dejar para seguir a Dios, había una compensación afectiva. Al volver del retiro confronté la posibilidad de ser sacerdote con mi director espiritual. Se vio que podía haber un llamado y me admitieron en el Seminario. Al ingresar le dije a Dios: “Señor, yo no quiero aferrarme a ser sacerdote, yo quiero hacer tu Voluntad. Si quieres que sea sacerdote, confírmamelo, y si no házmelo ver”. Y a lo largo de estos años, a través de su Voluntad, de los superiores y de mi
corazón, pude confirmar -con la ordenación- el llamado de Dios. Me di cuenta de que antes andaba por el
camino, porque yo ya trataba de vivir como cristiano, pero por la banquina. Ahora encajaba en la ruta.


Este fue el tercer hito de mi vida espiritual: el encuentro con mi vocación sacerdotal, y a partir de ese momento,
mirando para atrás, vislumbré que todo se unificaba y la alegría inundaba mi corazón. Comprendí que entre la
espiritualidad sacerdotal y la espiritualidad focolarina no hay yuxtaposición, sino que puede haber unión y
mutuo enriquecimiento. Que la espiritualidad del Focolar ilumina a la teología, y las Ciencias Sagradas dan
razones a los fundamentos teológicos del carisma de la Unidad. Y así veo que puedo ser un sacerdote diocesano
y vivir mi propia espiritualidad sacerdotal, que no necesita de ninguna otra espiritualidad, pero que puede ser iluminada, enriquecida y potenciada por la luz de otro carisma sin que esto produzca sustitución ni confusión.

Atribuyo también el haber descubierto mi camino a la intervención de la Virgen María. Ella a quien le fui a
implorar su intercesión y bajo cuyo amparo puse mi sacerdocio.


Por Pbro.Sergio J.Kanagusuku- Argentina