La migración como fenómeno social complejo está reconfigurando siempre más la vida de muchos países, generando cambios en las sociedades. En esta edición, más que hablar del fenómeno en sí, queremos focalizarnos en lo que este hecho supone para miles de personas que se ven obligadas a emprender este camino. Marco Strona, director académico del Cemla (Centro de estudios migratorios Latinoamericanos) de la congregación de los misioneros Scalabrinianos, ampliamente comprometido con esta causa en América Latina nos ayuda a comprender mejor lo que representa esta realidad en Latinoamérica y de lo que se está haciendo concretamente para responder a esta necesidad.
Cuando hablamos de migración queremos referirnos, en particular, a la migración forzada. A quienes se ven obligados a abandonar su país, su hogar, sus familias y amigos. Es entonces necesario ir a las causas de esta migración. En América Latina las causas son múltiples.
Entre las principales: democracias inestables que generan inseguridad y corrupción; inseguridad social creada sobre todo por el crimen organizado; sistema económico que genera desequilibrios sociales; falta de trabajo; cambio climático que genera desastres ecológicos. Entre los numerosos problemas, quisiera subrayar tres: infancia migrante; personas mayores migrantes y la cuestión de los irregulares.
Existen leyes internacionales que protegen a todas las personas menores de edad, permitiéndoles quedarse y crecer en el país al que han llegado. Pero, por ejemplo, si sus familiares están en condición irregular, surge el problema de la separación o división de la familia. Creo que es muy necesario reflexionar sobre este punto. Otra cuestión son las personas mayores que permanecen solas y con situación documental no regular: una doble vulnerabilidad. Obviamente podemos señalar otros problemas, como el contrato de trabajo, la educación superior, etc.

Obviamente, la migración también genera acciones diplomáticas entre los Estados, con protocolos precisos, pero también alianzas entre las comunidades de acogida y de origen. En América Latina existen muchos ejemplos. Basta pensar en las muchas redes que existen dentro de la Iglesia y de la sociedad civil, que buscan desarrollar cada vez más conexiones, no solo para acoger a los migrantes, sino sobre todo para trabajar en la integración, un tema muy difícil y desafiante. Las redes trabajan para crear contactos, por ejemplo, entre las comunidades de destino, origen y tránsito, pero también para crear una cultura de acogida, solidaridad y fraternidad.
Dentro de la Iglesia son diversos los trabajos a favor de los migrantes. La Congregación de los Misioneros Scalabrinianos, por ejemplo, tiene precisamente este carisma específico.
El trabajo de los Scalabrinianos, de los cuales formo parte, es “hacerse migrantes con los migrantes”, y trabajar en red con la Iglesia local, la sociedad civil y los gobiernos. Todo ello para que no se hable más de la migración como una “emergencia”, sino como un fenómeno que, siendo irreversible, debe ser acompañado con miras a la construcción de la fraternidad universal. En este sentido, son muchas las parroquias, diócesis y congregaciones religiosas que gestionan casas de acogida para migrantes, parroquias multiculturales, centros de acompañamiento jurídico y social para asesoría migratoria, siempre en coordinación con la sociedad civil. Mucho queda aún por hacer, obviamente, pero la respuesta de la Iglesia es muy concreta.
Estamos concluyendo el jubileo de la esperanza, inaugurado por el Papa Francisco y clausurado por el Papa León. Este jubileo debe llevarnos a descubrir cada vez más, en los migrantes, el rostro de la esperanza. Los migrantes encarnan la esperanza, dejando todo por una tierra, un destino que no saben cómo los recibirá, pero impulsados por la esperanza de una vida y un futuro mejores avanzan. Pues bien, esta Navidad debe enseñarnos esto. La Encarnación de Dios, en Belén (casa del pan) debe invitarnos a convertirnos nosotros mismos en pan partido para tantas personas que tienen hambre y sed de esperanza y de paz”.
Por Marco Strona, Scalabriniano – Chile

