La invitación a un verdadero punto de inflexión

Este artículo es publicado en el Observatorio Romano y se presenta como el tema de la semana a partir del encuentro de León XIV con el Movimiento de los Focolares, del cual confirma su carisma, no como resultado de equilibrios organizativos o estrategias humanas, sino un reflejo de la relación entre Cristo y el Padre.

26 de marzo de 2026

Por Margaret Karram*

Un verdadero estímulo pastoral, fruto de una profunda comprensión de los tiempos que vivimos: estas fueron las palabras de León XIV en el encuentro del 21 de marzo, un momento de gracia especial y profunda alegría que dejó una huella imborrable en los corazones de los 300 participantes en la audiencia vaticana. Acabábamos de concluir la asamblea general, que se convoca cada cinco años para elegir al presidente, copresidente y gobierno del Movimiento Obra de María – Focolare, y acogimos con beneplácito las palabras del Papa como una sabia guía para el futuro y para el servicio que hoy estamos llamados a prestar a la Iglesia y al mundo.

El Pontífice reconoció, en primer lugar, el don que el carisma de Chiara Lubich representa para la Iglesia: un don que ha marcado la vida de tantas personas, familias, consagrados y sacerdotes, y que sigue dando frutos de comunión, diálogo y paz en los contextos más diversos. Al mismo tiempo, situó este don en el dinamismo vivo de la historia, recordándonos que todo carisma se confía a la responsabilidad de quienes lo reciben y están llamados a encarnarlo de maneras siempre nuevas.

León XIV reafirmó la esencia de nuestro carisma: la unidad. Una unidad que no surge de equilibrios organizativos ni estrategias humanas, sino que es «fruto y reflejo de la unidad de Cristo con el Padre». Por ello —nos recordó— no debe confundirse con la uniformidad de pensamiento, sensibilidad o estilo de vida. Al contrario, la auténtica unidad evangélica valora las diferencias, respeta la libertad y la conciencia de cada persona, y se fundamenta en la escucha mutua y la búsqueda compartida de la voluntad de Dios.

En una época marcada por la profunda polarización, las tensiones sociales y los conflictos armados, el Papa ha señalado la unidad como una verdadera fuerza profética. Una semilla sencilla pero poderosa, capaz de contrarrestar el veneno de la división que contamina los corazones y las relaciones, a través del testimonio evangélico del diálogo, el perdón y la paz. Este es un llamado que sentimos profundamente como propio y que desafía a cada miembro de nuestro movimiento a ser fermento de reconciliación en la vida cotidiana.

Con particular claridad, el Santo Padre señaló entonces la responsabilidad específica de esta fase posterior a la fundación, que sigue al fallecimiento de nuestra fundadora, Chiara Lubich. No se trata de un periodo que haya concluido, sino de un tiempo que continúa y que requiere un discernimiento constante, maduro y, sobre todo, compartido. Nos exhortó a distinguir lo esencial de nuestro carisma de aquello que, si bien ha formado parte de nuestra historia, ya no lo es o ha demostrado limitaciones, ambigüedades y problemas críticos con el tiempo. Este discernimiento, enfatizó, no puede confiarse a unos pocos, sino que involucra a todo el movimiento. El carisma, de hecho, es un don del Espíritu Santo, y todos tienen el derecho y el deber de sentirse corresponsables de la obra a la que se han unido con dedicación.

También quisiera citar las palabras del nuevo copresidente, el padre Roberto Almada, al comentar esta parte del discurso del Santo Padre, captando su profundo significado: reconoció que el Santo Padre nos habló «como un padre». Añadió que nos animó a seguir el camino que hemos estado recorriendo durante varios años, el de escuchar a quienes han sufrido y revisar nuestras prácticas, pero al mismo tiempo nos llamó a una conversión más profunda.

La conversión a la que nos llama el Papa comienza con un cambio personal de mentalidad, y por lo tanto no se trata simplemente de reformar estructuras o instituciones. En el centro de todo está la forma en que vivimos las relaciones, el respeto a la dignidad de la persona y el ejercicio adecuado de los roles de responsabilidad, experimentados como servicio. En este sentido, el Papa nos recordó que solo una perspectiva evangélica puede hacer brillar la belleza del Evangelio en las relaciones y las estructuras.

Me impactó especialmente la insistencia de León XIV en la caridad como alimento indispensable para la unidad. Recordando la Primera Carta a los Corintios, nos recordó que la caridad es paciente, magnánima y respetuosa, y que sin ella, la unidad corre el riesgo de vaciarse. En estas palabras, redescubrí la esencia de la intuición de Chiara Lubich, quien veía la unidad no solo como un ideal espiritual, sino como la «roca» sobre la que descansa toda la vida del movimiento.

Comienza ahora un nuevo mandato para el Movimiento de los Focolares: cinco años en los que sentimos que mirar hacia el futuro significa abrazar y llevar a cabo una verdadera transformación. Una transformación que exige una conversión personal y comunitaria, una renovada escucha al clamor de la humanidad de hoy y un compromiso de dar testimonio de la unidad no tanto con palabras como con nuestras vidas. Nuestra asamblea general, integrada por personas que representan todas las vocaciones, una multitud de culturas, lenguas y pueblos, nos permitió experimentar la riqueza de la corresponsabilidad generalizada y un nuevo entusiasmo: signos de que el Espíritu continúa acompañándonos incluso en esta delicada transición.

Con profunda gratitud, acogemos con beneplácito el aliento del Santo Padre y su invitación a continuar este camino. Lo hacemos con humildad y confianza, seguros de que si vivimos la unidad como un don gratuito y una tarea diaria, puede contribuir a la misión de la Iglesia y ser cada vez más un fermento de paz para el mundo.

*Presidente del Movimiento de los Focolares

Fuente: Observatorio Romano

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