El Salvador: La comunidad, una familia

Mi nombre es Jaime Blandón, soy de Usulután, que pertenece a la Diócesis de Santiago de . María, casado desde hace 38 años, con 4 hijos varones y 2 nietos.

Desde muy joven conocí la espiritualidad del Movimiento de los Focolares y, actualmente, hago parte de la Comunidad de Usulután, donde resido junto con mi esposa Carolina.

En la comunidad somos y nos tratamos como una familia, relación que es fruto del amor recíproco inspirado por Jesús. Procuramos estar pendientes los unos de los otros, por lo tanto, compartimos alegrías, que se multiplican; pero también dolores y situaciones difíciles de manera que el peso se distribuye: todo lo afrontamos juntos.

En la comunidad teníamos un miembro con cierta afición por la bebida, que hasta cierto punto manejaba. En la segunda mitad del 2023, por algunas situaciones particulares entre ellas, su mujer emigró legalmente a Estados Unidos, luego la pérdida de su trabajo, etc, nos dimos cuenta de que esta persona se fue entregando cada vez más a su adicción. Determinante para él fue la muerte de otro miembro de la comunidad que él estimaba mucho. Su condición personal se fue deteriorando aceleradamente, al punto que lo poco que ganaba en trabajos eventuales lo dedicaba a la bebida.

Para la comunidad esto era motivo de gran dolor y preocupación. En mayo del año pasado le propusimos hacer una experiencia de rehabilitación en la Fazenda de la Esperanza que se encuentra en Guatemala y, con la gracias de Dios, aceptó.

Averiguamos lo que se necesitaba para el ingreso y al mes siguiente, aún con muchas dudas, pero confiando en la misericordia de Dios y su providencia, con otro hermano de la comunidad lo fuimos a dejar a Guate-mala. Ante la Fazenda me asumí la responsabilidad de él. A partir del cuarto mes, tiempo permitido para comunicarse con los familiares, comenzamos a comunicarnos a través de videollamadas, una por mes. Nos mostraba el avance de su proceso de recuperación, y de cómo Dios iba obrando el milagro. Recuerdo que, por el séptimo mes, a raíz de algunos problemas quería abandonar la rehabilitación, lo hablamos, y a la luz de Jesús que se hace presente «donde dos o más» (Mt.18, 19-20), decidió continuar.

A partir de entonces el camino fue ascendente, logró sanar su corazón, contemplar su historia como un don de amor, reconstruirse como persona. A tal punto que, con la ayuda de algunas personas de la Fazenda y de una comunidad de religiosas dominicas, inició un proceso de discernimiento vocacional para convertirse en un voluntario interno de la Fazenda y servir a otros. Regresó a nuestro país en los primeros días de junio, nos comentó que debía partir a Brasil para iniciar su proceso de formación allá, pero que tenía que costearse todos sus gastos en este primer viaje. Al inició nos asaltó la preocupación de cómo hacer, pues la cantidad de dinero que necesitaba era algo grande. Decidimos poner todo esto en manos de Dios y de su providencia. Gracias a la generosidad de muchos, el dinero se logró reunir y ya se encuentra en Brasil.

Para nosotros como comunidad es un milagro que Dios está obrando en la vida de nuestro hermano que ha sido dócil a su amor, a su palabra y a su voluntad. Pero también un milagro del vivir en comunidad que nos ayuda a tener ojos de misericordia y de amar concretamente a quien lo necesita.

Por Jaime Blandón El Salvador