Mauricio López Oropeza, director-fundador del Programa Universitario Amazónico (PUAM), en su artículo Entre el encantamiento y el desencantamiento: Davos y los monstruos de nuestro tiempo, evoca el concepto “una era secular”, de Charles Tylor, motor de las reflexiones que él mismo define así: “No solo como una observación política, sino como una descripción profundamente existencial de nuestro tiempo. Algo en ella nombra con claridad la sensación de estar viviendo en una transición inacabada, en un terreno inestable donde muchas de las certezas que antes sostenían nuestra vida colectiva se han debilitado, pero nada nuevo ha logrado aún ocupar plenamente su lugar”.
(…) Continúa “Mi intuición es sencilla, aunque incómoda: ni un regreso nostálgico al pasado encantado, cuasi-mágico, ni una apuesta más radical por el desencantamiento moderno, sin misterio, nos permitirán salir de este impasse.
¿Qué originó en el autor tales reflexiones? El Foro Económico Mundial de Davos 2026.
Año tras año, líderes políticos y económicos se reúnen allí para interpretar la complejidad del presente y proponer futuros posibles desde una absoluta autorreferencialidad y desde la lógica del poder de la razón económica como único sentido determinante del mundo y su futuro. Un espacio profundamente marcado por el privilegio y una evidente limitación y exclusión de voces. Se habla del mundo, pero no siempre con el mundo, comenta. En ese escenario, la trascendencia suele estar presente solo de forma marginal o de modo utilitario. No está prohibida, pero tampoco ocupa un lugar central. La vida se piensa, sobre todo, en términos de gestión, crecimiento económico, seguridad y control, y desde la fracasada noción del efecto goteo (trickle-down). Y eso dice mucho de nuestra época.
(…) El discurso del representante de Estados Unidos en Davos 2026 articuló una visión del mundo centrada en la fuerza, la dominación (si es necesario por imposición y desde una noción neo-colonial) y del destino nacional. La prosperidad aparece como algo que desciende desde el centro del poder hacia el resto del mundo. El orden se garantiza desde arriba, por quienes tienen la capacidad de imponerlo. El mensaje es claro: cuando una (única) nación fuerte lidera, el mundo funciona.
Esta visión, paradójicamente, tiene algo de encantamiento. No se trata de una apertura al misterio ni de una espiritualidad encarnada, sino de un encantamiento del poder mismo. El mundo se interpreta a través de binarios morales simples: ganadores y perdedores, aliados y amenazas, fuerza y debilidad. La complejidad se percibe como riesgo. La diferencia, como algo que debe ser contenida o neutralizada.
El mundo se interpreta a través de binarios morales simples: ganadores y perdedores, aliados y amenazas, fuerza y debilidad. La complejidad se percibe como riesgo. La diferencia, como algo que debe ser contenida o neutralizada.
(…) Nuestra modernidad suele contarse a sí misma una historia de progreso: a medida que dejamos atrás el encantamiento, avanzamos en razón y libertad. Charles Taylor llama a esto «relatos de sustracción». El problema es que estos relatos suelen ocultar lo que se pierde en el proceso: profundidad, sentido compartido, una orientación más amplia de la vida.
También dejan fuera a muchas voces que no encajan ni en el relato del encantamiento ni en el del desencantamiento. Comunidades y culturas que han habitado siempre otros registros del sentido, y que hoy corren el riesgo de ser silenciadas como daño colateral de disputas económicas y geopolíticas.
Prosigue, Tanto el encantamiento del poder como el desencantamiento tecnocrático comparten algo inquietante: una forma de encarnación vaciada. Se habla de valores, identidad, incluso de fe, pero sin tocar la vulnerabilidad real, los cuerpos concretos, el sufrimiento cotidiano.
El sentido parece descender desde arriba, pero no se deja afectar por la vida tal como es. Se usa para justificar orden, coherencia o control, más que para sostener la vida.
Tal vez lo que necesitamos es un giro. Un movimiento inverso. Algo que podríamos llamar, aunque suene paradójico, una salida a la intemperie (excarnación) encarnada: no una retirada del mundo, sino una exposición más profunda a él desde el testimonio y desde una vida tejida en comunidad.
Un modo de buscar sentido que no empiece por sistemas cerrados, ideologías o certezas heredadas, sino por la experiencia vivida: personas y comunidades que, en medio de la historia concreta, disciernen, responden desde el sentido de la otredad y que se dejan transformar por los encuentros, desencuentros y reencuentros en el tejido cotidiano de la vida.
Fuente: https://christus.jesuitasmexico.org

