Sin el Evangelio no habría tenido el valor de testimoniar a Jesús en los distintos momentos de mi vida, especialmente en mi camino profesional que comenzó cuando era una gen, estudiaba en la Facultad de Derecho y continuó luego, cuando asumí el cargo de juez y más tarde el de magistrado.
Han pasado ya treinta y tres años desde entonces, y al mirar atrás puedo reconocer cuántas veces el Evangelio ha iluminado una palabra, una decisión, un silencio… En cada circunstancia me ha sostenido para dar testimonio y tratar de ser fiel a mis principios y a la ley.
Desde siempre he sido una persona muy tímida; en una escala del uno al diez, probablemente sería la última en levantar la mano o en hablar. Pero ha sido la vida de Jesús la que me ha guiado. Su ejemplo me ha dado una fuerza interior que no viene de mí, sino de Él, para decir en el momento justo: “basta”.
Recuerdo, por ejemplo, una ocasión durante mis años en la Facultad de Derecho: Los estudiantes querían salir a protestar, eran tiempos de dictadura, pero algunos comenzaban a destruir la propiedad privada. En medio de la asamblea general estudiantil, sentí con fuerza que debía ponerme de pie y decir que, sí, era justo protestar, pero no destruir. No era fácil hablar en público, mucho menos oponerse a la mayoría, pero el Evangelio me empujó a hacerlo con serenidad y claridad. Y finalmente, ese día se decidió actuar de manera pacífica y así se continuó. Ya casi al final de mis estudios, hicimos simulacros de juicios, asumiendo distintos roles. A mí me correspondió ser abogada defensora, sin embargo, dentro de mi corazón sentía otra llamada: ser como Salomón, en el pasaje conocido por todos, como el juicio de Salomón (1Reyes 3,16-28), donde dos mujeres alegan ser la madre de un niño. Sentí que ese era mi lugar. Y aunque al principio mi camino profesional me llevó a un ámbito editorial, poco después Jesús me abrió la puerta hacia la judicatura. Empecé como asistente de magistrado en la Corte, y durante ese tiempo, lo que observaba en el expediente lo comunicaba, aunque eso implicó en algunas ocasiones, un regaño o una llamada de atención por el volumen de trabajo que teníamos. No obstante, comprendí que mi jefe también dependía de mi valentía, y que estaba allí para eso, para decir lo que jurídicamente observaba, lo que resultó en la práctica de una fidelidad a la conciencia que se fue forjando y fortaleciendo poco a poco, y me preparó para lo que vendría.
Durante mis más de veinte años como juez, no faltaron los momentos en que algún colega o superior, con algún ofrecimiento o comentario, ponía a prueba mis principios. Pero siempre el Espíritu Santo fue mi guía: me dio la palabra justa para evitar que las personas adoptaran una posición incómoda o comprometida, anticipándome, en la medida de lo posible, a ciertos momentos no deseados.
Son muchas las experiencias que podría contar, cada una comienza con una mirada distinta: ver detrás de cada expediente no un simple papel, sino personas; infundir esto en el equipo de trabajo; compartir también la vida personal y familiar de quienes caminamos juntos, no pensando solo en las metas o en la productividad, sino en que, en la perfección de Dios, todo toma su lugar y hay tiempo para todo.
Si alguno se enferma o atraviesa una dificultad, confiamos en que Dios nos asistirá para cubrirlo. Es una fe profunda en la Providencia, en que todo está dentro del plan de Dios, sin necesidad de pisar, competir o vulnerar las circunstancias de nadie. Porque cuando la justicia nace del Evangelio, todo se ordena desde el amor.
Cuento esta experiencia porque también hemos vivido momentos de preocupación o de cierta desesperación, pero el camino siempre nos invita a volver a ese rol relacional, humano-divino, con las personas que pasan a nuestro lado y con los deberes que estamos llamados a cumplir, por lo que tratamos de recomenzar cada tanto, y pedir disculpas si es necesario, tanto con colegas como subalternos.
En más de una ocasión hemos procurado ir más allá de lo que la ley estrictamente proponía y escuchar a las partes, comprender sus verdaderas necesidades y preocupaciones para que, quienes llegan al tribunal no encuentren un escenario frío donde se resuelva su conflicto, sino personas preparadas, con un conocimiento y una luz capaces de acompañar su división y su desunión.
Al final, esto es el derecho: un esfuerzo constante por recomponer las relaciones humanas que se rompen por distintos motivos, y el Evangelio sigue siendo la clave que transforma la ley en justicia viva, y la justicia en caridad concreta.
Una experiencia en este sentido ocurrió cuando un padre separado pidió vender la propiedad donde vivía su hijo y la madre, creamos el ambiente en el juzgado, dando la posibilidad de que pudiesen escucharse recíprocamente y conversar de las consecuencias de la venta judicial, lo que no había ocurrido durante años entre ellos. Al final ambos agradecieron este apoyo y el padre solicitante tomó la decisión de esperar a que la madre consiguiera un préstamo, antes de vender la propiedad que los dejaría sin un techo. Una de las mayores gratificaciones de este camino han sido los colegas con los que he compartido el trabajo, estos valores y las distintas experiencias.
En esa reciprocidad también ellos han encontrado una forma distinta de ejercer la judicatura: más humana, más íntegra, más libre. Nos hemos fortalecido mutuamente y esa unidad nos ha permitido decir, como uno me escribió hace poco: “… debemos seguir haciendo las cosas con amor como si fueran para Dios, sin figurar ni buscar protagonismo, porque los hechos hablan por sí solos”.
Pasados estos treinta y tres años, recientemente se me ha hecho un reconocimiento importante, y ha ocurrido en un momento en que varios de los que han sidonmis asistentes se les ha escogido como jueces y personas competentes para asumir cargos en la judicatura. Eso me ha llenado de una esperanza y de una alegría muy grande hacia el futuro, de ver cómo una pequeña semilla sembrada en el tiempo, se multiplica, conforme la promesa de Jesús.
Testimonio enviado a la Redacción

