Entrevista de M. Chiara Biagioni a Mons. Leahy, referente para los obispos amigos del Movimiento de los Focolares, después de la audiencia con León XI.

Cuatro cardenales y 79 obispos de 40 países fueron recibidos en audiencia. Monseñor Brendan Leahy, obispo de Limerick, relata el encuentro con el Papa y las preocupaciones del episcopado: las guerras, el individualismo y el populismo. «El proyecto de una Europa unida necesita redescubrir el sueño».

«Como partícipes del legado espiritual de Chiara Lubich y como ministros de la Iglesia de Cristo en un mundo fragmentado, están llamados a dar testimonio de la tan anhelada unidad de la familia humana». Con estas palabras, el Papa León XIV se dirigió a los obispos amigos del Movimiento de los Focolares, recibiéndolos en audiencia en el Palacio Apostólico del Vaticano. Al encuentro asistieron cuatro cardenales y 79 obispos de 40 países, reunidos para el evento internacional «El tiempo de la caridad: dar testimonio de la unidad para construir la paz», que se celebró del 8 al 11 de septiembre en la Casa Divin Maestro de Ariccia, cerca de Roma. La agencia SIR conversó con Mons. Brendan Leahy, obispo de Limerick (Irlanda), inmediatamente después de la audiencia. «Nos impresionó ver cuán cercano al corazón del Papa está realmente este tema: el testimonio de la unidad», afirmó. «Se percibe claramente la importancia que tiene para él la unidad en este momento de la historia, marcado por tantas guerras, polarizaciones, divisiones y fragmentaciones. Existe una necesidad de unidad. Sin embargo, la unidad nunca es un fin en sí misma; está orientada a crear paz en el mundo. Por ello, para nosotros fue profundamente significativo y alentador escucharle subrayar este aspecto».

¿Qué les preocupa como obispos?

En los últimos días hemos compartido nuestras experiencias; al provenir de 40 naciones diferentes, es fácil imaginar cuán variadas son nuestras situaciones pastorales —y, por consiguiente, nuestras preocupaciones—. En África, el peso de la guerra es enorme, aunque también existe una búsqueda de nueva autonomía y de una identidad más fuerte, con el objetivo de forjar nuevas relaciones con el resto del mundo. En América del Sur, por el contrario, las cuestiones sociales siguen siendo centrales. En Asia, el diálogo interreligioso y la situación política de ciertos países son motivo de especial preocupación. En Europa, inquietan el creciente individualismo y la cultura de la soledad. En Oriente Medio, naturalmente, la tragedia de la guerra sigue siendo la crisis principal. Lo que me llamó la atención durante estos días fue un comentario del párroco de Gaza. Mientras intervenía en el Encuentro de Rímini, cuando el público comenzó a aplaudirle, él detuvo a todos diciendo: «No». Luego explicó: «La cruz que llevamos es visible, pero hay muchas cruces invisibles. Cada uno carga con la suya». Creo que esta reflexión se aplica también a nuestro ministerio.

Somos conscientes de las guerras que azotan al mundo, pero junto a estos conflictos existen muchas otras heridas que marcan a la humanidad: los problemas familiares, las tensiones en el seno de las comunidades, el sufrimiento de los jóvenes, la soledad y el abuso de drogas.

En estos contextos, ¿qué significa ser «testigos de la unidad»?

La verdadera unidad, sin embargo, se encuentra a través de la visión de Jesús. Y, en última instancia, este es el gran desafío para nosotros, los cristianos: vivir en un mundo que parece unido por la tecnología, la economía y la globalización, pero que a menudo carece de unidad en su alma o en las relaciones profundas entre las personas. Es en este ámbito donde los cristianos están llamados a dar testimonio.

Europa también se enfrenta a grandes desafíos. En los últimos días, tras las elecciones en Alemania, la retórica populista parece ganar cada vez más terreno. Resurgen temas como la llamada «remigración», junto con el miedo a los migrantes y —no menos importante— fenómenos de racismo. ¿Qué le preocupa respecto al continente europeo?

Europa vivió una etapa trascendental tras las dos guerras mundiales, cuando se consolidó la convicción de que la guerra no debía volver a ocurrir jamás. De ahí surgió el gran sueño de paz impulsado por líderes como Adenauer, Schuman y De Gasperi. Ese sueño vino acompañado de acciones concretas y proféticas, incluida la propia creación de la Unión Europea. La tragedia del momento actual es que esa gran visión parece estar debilitándose. En su lugar, observamos un retorno a la lógica de la fuerza, la confrontación y una creciente desconfianza mutua, precisamente allí donde, por el contrario, se necesitan la confianza y la colaboración.

¿Por qué hemos llegado a este punto?

Hay muchas razones. Es probable que se pensara que la unidad podía construirse sin cimientos suficientemente sólidos. Nosotros, los cristianos, sentimos el deber de señalar que, si deseamos una unidad auténtica, debemos redescubrir los principios fundamentales que la sustentan: ante todo, los valores humanos y —para nosotros— también los valores evangélicos. Están también los valores cívicos, como la democracia, la participación universal en la vida política y el respeto a la dignidad de cada persona. Nos enfrentamos a un gran desafío. Quizás lo que falta hoy sean, sencillamente, ideales. Como nos recordó el profesor Andrea Riccardi, necesitamos horizontes amplios. Sin embargo, en los últimos años, esos horizontes se han ido estrechando progresivamente.

Predominan el miedo y la incertidumbre.

El proyecto de una Europa unida sigue siendo una gran empresa, pero necesita redescubrir el sueño, la visión y la capacidad de mirar hacia el futuro.

A la luz de este contexto global y europeo, ¿qué tiene que decir hoy el carisma de Chiara Lubich? ¿Sigue siendo relevante?

El propio Papa ha subrayado con fuerza la vigencia del carisma de Chiara Lubich. Hace ya muchos años, Chiara comprendió la importancia de una visión comunitaria de la vida. Si las relaciones —y la capacidad de construir continuamente vínculos sanos, nuevas conexiones y caminos hacia la reconciliación— flaquean, la sociedad se empobrece. Por supuesto, esto no es fácil; requiere compromiso, esfuerzo y la disposición a empezar de nuevo una y otra vez. Sin embargo, Chiara siempre señaló esto como el horizonte al que aspirar: el sueño de que «todos sean uno». No obstante, no se trata de una unidad basada en la uniformidad. Lamentablemente, es muy fácil convertir las diferencias en una fuente de división. Chiara comprendía que la diversidad es una parte intrínseca del mundo y puede convertirse en una fuente de gran riqueza. Su espiritualidad propone a la Trinidad como modelo: tres Personas distintas que son, al mismo tiempo, una sola. Es una imagen que nos invita a descubrir, en nuestras relaciones mutuas, el valor de una unidad que no borra las diferencias, sino que las realza.

Hoy, la paz parece ser el gran clamor de la humanidad. ¿A qué están llamados los cristianos?

Existen grandes gestos y otros pequeños. Los pequeños gestos pertenecen a la vida cotidiana. En los últimos días, hemos escuchado diversos testimonios provenientes de América del Sur, África, Tierra Santa y otras partes del mundo: experiencias concretas de personas de culturas diversas que, en su vida diaria, buscan vivir y dar testimonio de una manera diferente de ser humanos. Hay, pues, muchos proyectos e iniciativas pequeños y cotidianos. Sin embargo, también es necesario aprender a caminar juntos.

Cuando muchos fragmentos de fraternidad se dispersan por el mundo, se forma gradualmente una red que se convierte en una fuerza capaz de construir la paz.

Es un camino que, naturalmente, involucra a instituciones, organizaciones y a todos los actores de la sociedad. Debemos redescubrir el valor de la colaboración y de la responsabilidad compartida.

La realidad, sin embargo, parece contar una historia muy distinta. Y esto alimenta la decepción. ¿Tiene esperanza?

Sí, ciertamente. Como decía a menudo el Papa Francisco, la esperanza no defrauda. No obstante, no se trata simplemente de una actitud optimista o de una disposición naturalmente positiva. La realidad es la que es, con todas sus dificultades y contradicciones. Como cristianos, sin embargo, creemos que fue precisamente en el momento más oscuro de la historia —la muerte de Cristo— donde surgió la luz de la Resurrección. No puede haber una oscuridad más profunda que esa y, sin embargo, fue precisamente desde ese punto de donde surgió una vida nueva.

Por esta razón, creemos que las semillas de la resurrección están siempre presentes, incluso en las situaciones más dramáticas.

Fuente https://www.agensir.it/