Paula Vega, misionera digital y fundadora de Llámmameyumi, comparte junto a su esposo Dani el camino de fe que los ha llevado a abrazar la adopción como su “plan A”.
Pasada desde 2023 con su esposo Dani, Paula vive su vocación matrimonial con alegría y profundidad. Juntos, han emprendido un camino de apertura a la vida que los ha llevado a abrazar la adopción como su “plan A”. Reproducimos una entrevista realizada por la revista Omnes Paula, ¿podrías contarnos cómo surgió esa llamada a la adopción?
Casada desde 2023 con su esposo Dani, Paula vive su vocación matrimonial con alegría y profundidad. Juntos, han emprendido un camino de apertura a la vida que los ha llevado a abrazar la adopción como su “plan A”. Reproducimos una entrevista realizada por la revista Omnes.
Paula, ¿podrías contarnos cómo surgió esa llamada a la adopción?
–Dios sembró esa inquietud en nuestros corazones incluso antes de conocernos. Ya como novios, cuando soñábamos con nuestra futura familia, la adopción aparecía en las conversaciones y siempre terminábamos diciendo: “Si es nuestro camino, Él nos llevará hasta ahí”. En nuestra lógica humana pensábamos primero en los hijos biológicos y después en la adopción; pero la lógica de Dios fue otra. Recién casados me diagnosticaron endometriosis y nos advirtieron de posibles dificultades para concebir. Nos plantearon distintas vías para intentar la maternidad biológica, pero nosotros elegimos abrirnos más a la vida. Nos preguntamos qué significaba verdaderamente ser padres y decidimos iniciar la adopción también como nuestro “plan A”.
Para muchas mujeres supone una cruz muy difícil aceptar que naturalmente no pueden tener hijos. Cuál es tu experiencia.
–En nuestro caso nunca nos han declarado infértiles; por eso seguimos abiertos a la vida en todas sus formas: biológica, adopción y también acogimiento familiar (que ya estamos discerniendo).Son caminos que ponemos en manos de Dios para que él decida tiempos y formas.
Sentimos que nuestra cruz actual no es la imposibilidad de ser padres, sino más bien el período de espera. Si fuera por nosotros, mañana mismo tendríamos aquí a nuestro hijo, pero los tiempos de Dios son los que son. Mientras tanto, afrontamos este periodo con paciencia y confianza.
¿Cómo vives y cómo es el proceso de adopción en el que se encuentran?
–Siempre decimos que la adopción no empieza con el primer papel, sino con el primer movimiento del corazón. Después llegan los pasos formales: una charla informativa, un curso de formación (unas 20 horas) y el ofrecimiento. No es “solicitar” un hijo —porque no existe un derecho a ser padres—, sino ofrecerse como familia para un perfil concreto del menor, poniendo sus necesidades en el centro.
Luego viene la idoneidad: entrevistas psicológicas y sociales, visitas al hogar, revisión de la red de apoyo… Son exigentes y nos parece bien que lo sean: se protege lo más valioso, que es el menor. Superada esa fase, llega la espera, cuyo tiempo varía según el perfil del menor o el país donde se tramite la adopción.
En lo práctico, el papeleo es intenso: médicos, certificados, notaría, servicio de protección de menores, fotos, impresiones y copias. Lo más duro es la burocracia y la incertidumbre de los plazos. Lo más bonito, es saber que cada paso nos lleva más cerca de nuestro hijo. Nos preparamos para recibir a nuestro hijo como lo haríamos con un hijo biológico, pero quizá con más conciencia. Rezamos cada día por nuestro pequeño y por su familia biológica. Nos estamos formando en apego, trauma y metodologías educativas —libros, cursos y podcasts— para llegar con un corazón más entrenado y unas expectativas realistas. También estamos preparando la casa con sencillez; un cuarto acogedor, rutinas claras y espacio para construir los vínculos. Además, conversamos mucho con nuestra familia, amigos y comunidad parroquial para explicarles más sobre el proceso de adopción, y las necesidades o características que nuestro hijo traerá. Nos preparamos con ilusión y por supuesto, con los miedos normales que cualquier padre tendría pensando en si sabremos hacerlo bien.
¿Cómo han afrontado las dudas y la espera en este camino de adopción?
–Lo primero ha sido acogerlas con cariño: son normales y humanas. Las nombramos, las hablamos entre nosotros, las presentamos en la oración y así, poco a poco, encuentran su sitio. Entendimos que en toda paternidad siempre habrá dudas y expectativas; la clave es no dejar que conduzcan. Intentamos mirar nuestro camino con la lógica y el amor de Dios: poner al niño en el centro, recordar por qué empezamos y elegir —una y otra vez— confiar.
También nos damos permiso para vivir la espera de forma distinta; no la sentimos igual los dos y decir en voz alta lo que cada uno necesita nos ayuda mucho. Evitamos compararnos con los tiempos de otros, porque sabemos que Dios ya tiene ese hilo rojo atado y preparado, y eso requiere una constante confianza y abandonarse en sus planes. También procuramos seguir activos en nuestra misión, enfocados en servir a Dios desde lo que nos ha tocado, sin obsesionarnos con la espera, porque nuestro matrimonio ya es fecundo.
¿Qué le dirías a otras parejas cristianas que sienten la inquietud de adoptar, pero no saben por dónde empezar?
–Que empiecen, incluso con miedo. Pongan en palabras la semilla que Dios ha puesto en sus corazones, háblenlo con calma entre ustedes y acérquense a matrimonios que ya estén en el camino: escuchar sus luces y sombras pacifica mucho. Vayan a la charla informativa y también al curso de formación que ofrece Servicio de Protección a Menores: no los compromete a seguir con el proceso, así que pueden vivirlo como un discernimiento que abre la mirada y el corazón. Y hagan la pregunta de fondo: ¿Qué significa para mí ser padre o madre? ¿Se reduce a compartir genes o tiene que ver con acoger, cuidar y amar a una persona concreta? Cuando esa respuesta se asienta, el “por dónde empezar” se vuelve sencillo.
¿Qué esperanza quieren transmitir con su historia y qué deseo tienen para el futuro de su familia adoptiva dentro de la Iglesia y la sociedad?
–Nos gustaría que, en una Iglesia que alza con fuerza la voz por los no nacidos, también se escuche cada vez más el clamor de quienes ya han nacido y esperan una familia. Hay miles de niños en centros que necesitan un hogar estable y seguro. Si no hablamos de la vocación a la adopción y al acogimiento, parece que no existe; por eso soñamos con parroquias y comunidades donde esta llamada se naturalice y se ponga sobre la mesa, para que los matrimonios puedan conocerla y discernirla. Si nuestra historia anima a un solo matrimonio a abrirse a la vida de esta forma, habrá merecido la pena.
Entrevista realizada por la Revista digital OMNES
